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El Caribe y su poesía: Manuel del Cabral: el clamor del campo dominicano

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Manuel del Cabral. (Fuente Externa)

Manuel del Cabral. (Fuente Externa)

EL CARIBE / 11 DE JULIO DE 2014 / POR MU-KIEN ADRIANA SANG

Compadre Mon.
Por una de tus venas me iré Cibao
adentro.
Y lo sabrá el barbero, aquel que los
domingos
te podaba las barbas
como quien poda un árbol de la patria.

Y también Domitila lo sabrá, Domitila
que mientras comadreaba tenía entre las manos
unos duendes que hacían pan sabroso
hasta el lodo.
Y hablo de Domitila, porque sin esa cosa…
quizá ni tu revólver fuera un poco de
pueblo.
Porque ella fue tu risa, fue tu pan y tu
catre.
¿Qué hubiera sido entonces de esas cosas humildes
que tocaron tus manos, tu calor, tus
pisadas?

Tu caballo
hubiera sido siempre una bestia
cualquiera.
Tal vez sin estas cosas los muchachos
con sueño
ya hubieran enterrado tu pistola, tu
espuela;
todo lo que en tu cuerpo y en tu aire
es la tierra que quiso no quedarse
dormida.

Porque tú, que no fuiste nunca niño de
escuela,
a la escuela te llevan en la boca los niños.

Es que no quiero hablar de tus cosas
mayores,
ni aún de aquella extraña madrugada
en que diste
órdenes a un soldado
para que repicara las campanas
por tu llegada al pueblo… Carta a
Compadre Mon, fragmento.

El santiaguero, dominicano y muy nuestro Manuel del Cabral Tavárez (1907-1999), es junto a Nicolás Guillén, Luis Palés Matos y Aimé Cesaire, una de las grandes voces de la poesía negra, el grito de sufrimiento de los desposeídos de esta tierra calurosa y explotada del Caribe.

Creo que la gente piensa que la poesía es sólo un manojo de sentimientos para expresar situaciones individuales de amor o desamor. Pero la poesía puede ser también la de la gente sensible que llora junto a los que lloran, que sufre, como ellos, de sus terribles y temibles carencias.

En la poesía de Manuel del Cabral, el campesino es su máxima fuente de inspiración. Nacido en el corazón de una ciudad esencialmente agraria, donde el conuco era el signo de sobrevivencia de los campesinos, el poeta santiagués, como lo hizo el pintor Yoryi Morel con los framboyanes, plasmó con su canto el dolor de los hombres del campo, sus miserias y sus carencias:

El maíz no lo sabe,
ni el trueno,
ni el agua.
Pero tú estás en el maíz del niño
que piensa crecer mucho y tener tu
tamaño,
y tener un caballo como el tuyo
que entró en la historia a fuerza de ser
patria.

El trueno no lo sabe,
pero tú estás en la garganta ronca
de los tambores que enronquecieron
de tanto hablar de ti…, de los rugidos
del paso de tu sangre.
El agua no lo sabe,
pero eres, el agua con un cuento…
tú le pusiste edad al agua de los hombres…
al agua que más duele, la pesada
¡que siempre llena venas, y con sed
siempre el hombre! (Compadre Mon,
Fragmento)

Su poesía fue también una protesta enérgica contra la vida política del momento, como era la llamada “época de Concho Primo”. Su poema que expresa con dulce amargura la forma rudimentaria y utilitaria de hacer política. Lo triste del caso, es que todavía, con formas más sofisticadas, la vida política sigue siendo la misma.

Bajo tu potro es un juguete el llano,
bajo tu potro tan dominicano
que le sirve de espuela la corneta
y vuela más que la guinea inquieta
que en las plumas se pinta municiones
para robarle el blanco a la escopeta.
Mucho más que penetras y perduras
cuando desgranas tus aventuras
ante el espanto de la llanera
que puso al cuello de los soldados
el amuleto como trinchera.
¡Qué bien recuerdo tu apretón lejano:
un corazón se te volvió la mano!
Se me quedó tu azúcar en la hiel,
como a los negros cuando cortan cañas
que se les queda en el machete, miel.

Y se agiganta mucho más tu historia
en la alcancía de mi memoria,
loro de los refranes, triunfo de las mujeres,
cuando volando las cabalgaduras,
eran sobre las lomas y las llanuras
un tiroteo los amaneceres.
Hoy lo que rueda, Vale Concho, es rueda;
asoma la vitrina en las vitrinas
de los ojazos de las campesinas,
y bajo la sotana o la moneda
su flor a la santica se le queda.
Mira una cruz como se pierde al vuelo:
enredada en la hélice
se va la carretera por el cielo.
Mas hoy, compadre Concho, también se ve tu llano
—míralo en el bolsillo del norteamericano—.

Manuel del Cabral, el poeta dominicano y caribeño, no solo lloró y sufrió por los desarraigados de su patria. Su llanto voló hacia las otras islas bañadas por el mar Caribe y golpeadas por una historia de esclavitud desgarradora e inhumana; por la determinante segregación racial en el imaginario colectivo;  por estas historias de muchas islas construidas por seres que desde los cuatro puntos cardinales llegaron a poblar impulsados por la necesidad. Y aquí en estas islas agridulces, llegaron blancos, rojos y amarillos.  Su poema “Islas de Azúcar Amarga” es una hermosa descripción de una vida y una historia de estas islas dispersas disgregadas en ese inmenso mar que el sol se empeña en hacerlo resplandecer:

¿Ves aquel mar salpicado de
islas? Cuando el huracán respira,
¡cómo tiemblan aquellas
pequeñitas Américas!

Islas: erizos de cañas,
de cañas tan ciegas que…
que en el filo que las hiere
ponen miel.

Llora diabético el árbol.
¡Como que el árbol también
ya sabe que endulza el filo
que habla inglés!

Hoy que la Tierra en la voz
ha crecido un poco más.

¡Alguien puso en las Antillas
tanta miel para su mal!

Juguetes de geografía
con que juega el Huracán…
Islas del Mar del Caribe:
no parece que fue Dios
quien las puso en ese Mar.

Hoy algo pasa en el aire.
Telegramas, y algo más.
(Por el aire de Manhattan
se ven las islas pasar).
Negrito que tiemblas triste,
tú desgranas el collar
de aquellas islas, tu boca
lo echa al viento en un cantar.

Un canto que cruza el agua,
un canto que cruza el mar,
y abre las puertas de carne
que no están de par en par.

Negrito remoto y blanco,
eres la tierra tal vez,
que sale a cantar su pena,
su pena por ser de miel.

Si con las manos que tienes
sembraste un millón de cañas:
¿De dónde te sale, di,
una canción tan amarga?

Mira tus islas de azúcar,
el mar les pone un anillo
para endulzar sus espumas,
pero les da cien caminos…

Cien caminos. Y tus islas
las echa al viento un cantar,
¡El mar les dio cien caminos
amargos como su sal!

Sube la tierra sus venas,
sangra el árbol, y algo más…
Islas de azúcar tan triste,
duele más tan dulce mal.

Juguetes de geografía
con que juega el Huracán…
Islas del Mar del Caribe:
no parece que fue Dios
quien la puso en ese Mar.

Negrito de las Antillas
que en el barrio nació ayer.
Llorando vino a la vida,
llorando se irá también.

Negrito remoto y blanco,
echa al viento tu cantar:
el que desgrana el collar
de aquellas islas que tienen
tanta miel para su mal.

Manuel del Cabral vivió mucho tiempo fuera de nuestro país. Representó diplomáticamente a la República Dominicana en varios países del continente: Estados Unidos, Colombia, Perú, Panamá, Chile y Argentina. En este largo periplo representándonos, pudo entrar en contacto con los más importantes intelectuales del momento. Sus obras poéticas más importantes están: Trópico negro, 1942; Compadre Mon, 1943; Los huéspedes secretos, 1950; La isla ofendida, 1965; y, Sexo no solitario en 1970, solo para citar algunas. Además de poesía escribió también novela y cuentos. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1992. Su cuerpo físico fue despedido el 14 de mayo de 1999, pero sus poemas y toda su obra literaria vivirán para siempre en el corazón de aquellos que anidan y vibran con la sensibilidad de sus poemas.

 

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