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¿Existe hoy el caudillismo político dominicano? (1 de 3)

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DIARIO LIBRE  / 31 DE MAYO DE 2014 / POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

 

Los últimos caudillos de la política dominicana fueron Joaquín Balaguer y Juan Bosch. No hay caudillismo vigente en el partidismo nacional, en ninguna de sus vertientes. Existen los liderazgos fortalecidos o los liderazgos consistentes, que están lejos, en mi criterio, de alcanzar el calificativo de caudillistas.

 

El caudillismo fue una constante en las luchas partidarias -intensas, brutales, incluso sangrientas- del siglo diecinueve y gran parte del siglo veinte. Pero, comenzó a sufrir variantes considerables a partir de 1973 cuando Juan Bosch, vencido por las circunstancias internas, sale del Partido Revolucionario Dominicano que había contribuido a fundar en 1939 y refunda su liderazgo creando el Partido de la Liberación Dominicana. Desde la desaparición de Bosch y su antagonista político, Joaquín Balaguer, se extingue el desarrollo caudillista en la política dominicana y comienza el proceso de racionalización del liderazgo partidario, con figuras emergentes que venían haciendo carrera política desde hacía años, desde posiciones y actitudes modestas, y que pocos pudieron vaticinar que serían los nuevos líderes de las contiendas partidarias de los finales del siglo pasado, acentuados en el corto espacio de los catorce años de esta aún muy joven centuria.

 

Con las mudanzas, veleidades y variables de cada caso -que marcan diferencias muy acusadas-, el caudillismo político dominicano tiene nombres concretos: Pedro Santana, Buenaventura Báez, José María Cabral, Gregorio Luperón, Ulises Heureaux, Juan Isidro Jimenes, Horacio Vásquez, Rafael Leonidas Trujillo, Joaquín Balaguer y Juan Bosch.

 

No fueron -ni son- caudillos, Mon Cáceres, José Francisco Peña Gómez, Hipólito Mejía y Leonel Fernández. En sus casos, son representantes de un liderazgo consistente, fortalecido, robusto, que se sostuvo o se sostiene por encima de los irremediables vaivenes y ruidos de la política vernácula, tan dada históricamente a la insidia y a los más estólidos desbordamientos. Ramón Cáceres, héroe de la jornada eliminadora del caudillismo lilisista junto a su primo Horacio Vásquez, no tuvo tiempo ni coraje suficiente para establecerse como un caudillo formal. Fue un dirigente intrépido, pero pronto tuvo de frente a algunos de sus antiguos amigos, incluyendo al propio Horacio que lo combatió -en su afán de preeminencia política- y lo consideró “usurpador”, muy a pesar de que Cáceres hizo un gobierno mezclando a bolos y coludos, o sea a horacistas y jimenistas. Estos últimos fueron los enemigos directos de Cáceres, quien no pudo sostenerse en el poder, no creó prosélitos consecuentes y aguerridos, y terminó fulminado en una emboscada tonta, justo cuando los dos caudillos “galleros” (un gallo sin cola y otro con cola, eran sus insignias) estaban en pleno apogeo. Un gallo con espuelas bien acicateadas, frondoso, altivo, de cresta enhiesta y colorado, como las lanzas que Uslar Pietri narrara, serviría muchos decenios después a Joaquín Balaguer para elevarse como el nuevo caudillo de la etapa postrujillista con la plataforma sólida de su Partido Reformista.

 

Los caudillos, para ser tales, deben tener un liderazgo eminente, incuestionable, que no admita ni disidencias gravosas, ni registros partidarios que enfrenten sus decisiones, ni transgresiones que afecten su poderío, ni mucho menos derrotas que laceren, opaquen o disminuyan su liderazgo. José Francisco Peña Gómez, de alguna manera, arrebató a Bosch el dominio perredeísta, en conciliábulo con distintas fuerzas que vulneraron las normas de conducta que había establecido el líder fundador del partido, pero no alcanzó, a pesar del liderazgo solvente que adquirió más adelante, el título de caudillo. A pesar de ser un gladiador sin reposo y un estratega hábil y, sin dudas, victorioso, fue constantemente asediado, no solo por las acciones de sus enemigos, sino por las propias inconsecuencias de muchos de sus partidarios. Todo esto, independientemente de la muy particular condición que afectó su vida política y que, a pesar de ser el líder incuestionable de su partido y de tener uno de los liderazgos más vigorosos de nuestra nación, se vio obligado a abrir el espacio envenenado de las “tendencias” o grupos con liderazgo propio (Majluta, Jorge Blanco) que terminaron minando su función conductora y le cerraron el espacio para acceder al poder. Cuando Majluta se fue del partido blanco para fundar su propia estancia partidaria y cuando Peña Gómez crea un nuevo agrupamiento político para resguardarse de los enemigos internos que ensombrecían su liderazgo, se caía su condición potable de caudillo, que nunca alcanzó de forma objetiva.

 

Cuando Juan Bosch comienza en 1973 su nueva carrera, ya con más de sesenta años a cuestas, establece un partido cerrado, de cuadros y con miras educativas en materia política; un estamento novedoso porque nunca antes -aunque lo intentó desde el PRD- se había creado un agrupamiento donde sus integrantes debían alcanzar su condición de militante o miembro activo luego de realizar estudios históricos, sociológicos y políticos en círculos concentrados, cuya base no era la masificación, sino la selectividad, y donde todos los objetivos estaban planteados a largo plazo. Nadie puede negar que es en este periodo cuando Bosch alcanza la estatura caudillista, en tanto durante el proceso formativo del PLD su liderazgo no permitió la disidencia abierta, los resabios pequeño-burgueses, como los denominaba, las osadías de quienes intentaban contradecir sus lineamientos, las contradicciones internas y ni siquiera las recriminaciones o juicios adversos que les pudiesen llegar desde espacios externos. Dentro del PLD, al caudillismo de Bosch no lo venció nada ni nadie, salvo la enfermedad y la edad, que fueron las únicas causas de su retiro forzado.

 

Balaguer tuvo un caudillismo más sólido y extendido. A diferencia de Bosch, su liderazgo se surtió desde el Poder. Enfrentó los dilemas internos del agrupamiento político que fundara bajo una ética del Poder que no se detuvo ante pruritos morales. Gobernó con mano dura envuelta en guantes de seda. Fue saeta de la guerra fría, con pormenores que aún no se conocen en toda su extensión. Creó el apasionamiento excesivo por su figura, junto al terror más acentuado entre sus conmilitones, incluyendo los que sirvieron a su régimen con estrellas y laureles sobre los hombros. Eliminó a todos sus adversarios, dentro o fuera de su Partido (he recordado antes la expresión de un dirigente que le fuera opositor por largo tiempo y que al final conquistara -como pasó con muchos- y quien intentara en algún momento enfrentarlo como candidato a lo interno de su agrupamiento, que en su lecho de muerte, a causa de una terrible enfermedad, señalara a un amigo que le visitaba: “Caramba, fulano, Balaguer nos mata a todos sus enemigos”). Hágase una lista de Peña Batlle a Peña Gómez y se verá como Balaguer vio pasar frente a su vista, finalmente deshecha, a todos los que en distintas etapas se le opusieron o maniobraron para sacarlo de circulación, políticamente hablando.

 

Cuando Bosch y Balaguer desaparecen, el caudillismo dominicano que venía desde la propia fundación de la República, en 1844, con Pedro Santana, entra en pausa. El liderazgo fortalecido y consistente de Peña Gómez se mantenía vigente, pero había entrado ya en el imprevisto enlazamiento fatal de las circunstancias. La salud no lo invalidó en su tenacidad y se puede decir, con toda certeza, que murió con las botas puestas. Pero, ya la realidad política dominicana se encaminaba por otros cauces. El liderazgo emergente comenzaba su andadura, sin que hasta la fecha se muestre con aura caudillista, como erróneamente afirman algunos. El caudillismo de Balaguer fue enfático, dilatado, fuerte, impuro, insensible y escandaloso. El caudillismo de Bosch fue fornido, tenaz, agudo, pero se sostuvo sobre un discurso de liberación, moralidad y firmeza de principios, que muchas veces llegó a límites dogmáticos, cuasi religiosos.

 

El liderazgo de Peña Gómez, que no tuvo ribetes caudillescos, fue tortuoso, con un itinerario escabroso -interna y externamente-, sorteador de estrategias múltiples, de vigorizante presencia internacional, de fulminantes acechanzas. Su discurso se encauzó por los linderos de la vida democrática, se apegó a principios del libre albedrío político, no fue sojuzgante -aunque a veces tuviese necesidad de imponerse en congresos y asambleas partidarias, acogido fanáticamente por la sombrilla de su arraigada base popular-, y si algo mantuvo de su anterior discipulado boschista, fue la honestidad con que culminó su existencia terrena.

 

Los liderazgos consistentes, fortalecidos y robustos, que siguen firmes contra toda circunstancia adversa y venciendo obstáculos de enemigos internos y externos, son diferentes al caudillaje, que tiene, a nuestro juicio, otras curvaturas y señales.

 

www. jrlantigua.com

 

El liderazgo de Peña Gómez, que no tuvo ribetes caudillescos, fue tortuoso, con un itinerario escabroso -interna y externamente-, sorteador de estrategias múltiples, de vigorizante presencia internacional, de fulminantes acechanzas. 

 

Su discurso se encauzó por los linderos de la vida democrática, se apegó a principios del libre albedrío político, no fue sojuzgante y si algo mantuvo de su anterior discipulado boschista, fue la honestidad con que culminó su existencia terrena. 

 

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