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La temprana rebeldía antitrujillista de Hugo hizo que lo sacaran a estudiar

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El apelativo de comunista se me pegó a mí” Hugo Tolentino

El apelativo de comunista se me pegó a mí” Hugo Tolentino

HOY / 24 DE MAYO DE 2014 / POR ÁNGELA PEÑA

VIAJE POR LA HISTORIA

Mi padre consideró que era necesario sacarme, veía mi rebeldía, me mandó a España con Ramón Cáceres y Rafael Molina Morillo, con una beca del Instituto de Cultura Hispánica. En Madrid no conocíamos las intimidades y la represión del franquismo, yo lo comparaba con el régimen de Trujillo y favorecía mucho a Franco a pesar de sus crueldades infinitas”.

Hugo Tolentino relata esa experiencia después de narrar sus actividades en el país contra la tiranía, que se iniciaron con un “antitrujillismo emocional” convertido después en acción que le costó la cárcel por repartir volantes de la Juventud Democrática junto a Virgilio Díaz Grullón.

Había asistido de niño a cumpleaños de Ramfis y a otras fiestas en el Casino de Güibia o en el Club de la Juventud, pero nunca fue partidario del gobierno, jamás se inscribió en el Partido Dominicano. Se reunía con grupos opositores de la Universidad y asistía a la peña de Pedro René Contín Aybar, en La Cafetera, donde ya había insinuaciones antitrujillistas de Máximo Avilés Blonda, Rafael Valera Benítez, Lupo Hernández Rueda y José Aníbal Sánchez Fernández.

Visitaba además a Carlos Curiel, quien le recomendaba libros, “con mucho cuidado”. “Había una enseñanza democrática, no solo de mi padre que me aconsejaba lecturas con la intención de que me cultivara, era un problema de principios, eran los ideales. Ya leíamos en francés”, cuenta.

Recuerda que “Chacho” Carías, considerado alejado del trujillismo, tenía una librería en El Conde. Hugo fue al establecimiento y encontró una obra de Harold Laski, laborista inglés que luego fue socialista. “Cuando lo encontré, Chacho se dio un susto tremendo, pero me tuvo confianza. En esa época leer a un socialista que había sido comunista, que hablaba de la necesidad de terminar con la etapa del capitalismo”, era un enorme riesgo.

Tanto en la secundaria como en la universidad “se colaban cosas del marxismo. La alternativa de la dictadura llevaba a uno a aferrarse o a entusiasmarse con cualquier tipo de negación de la tiranía”, manifiesta.

Tolentino había iniciado sus estudios en el colegio La Salle, luego de recibir primeras letras con la madre de Pericles Franco Ornes en una escuelita que tenía para hijos de sus amigos en la avenida Independencia. La Salle estaba entonces entre la “Hostos” y la “Isabel la Católica”. Al concluir el octavo curso el ya insubordinado estudiante consideró que lo mejor era marcharse a La Normal.

“Por suerte, allí la enseñanza era laica y había un staff de profesores en los que todavía estaba vivo el pensamiento de Hostos”, comenta y cita a Carlos Curiel, Pedro Mir, Tulio H. Arvelo, Manolín Troncoso, Manuel Patín Maceo, Andrés Avelino, Alicia Ramón. Entre los condiscípulos estaban José Ramón Cordero Michel (Pilón), quien luego se reuniría con Hugo en Europa; Ramón y Manuel Altagracia Cáceres, Gilberto Sánchez Rubirosa, Laitín Guerrero…

Su padre Vicente Tolentino Rojas y su tío Rafael César no eran “trujillistas fervorosos” y los dos recordaban con nostalgia todo el movimiento democrático en Santiago en el que se interpuso el sátrapa. Por lo demás, declara, “mi padre nos orientaba, tenía una gran biblioteca y comenzaba a leer los clásicos de los siglos XIX y XX, Víctor Hugo, Flaubert, Maupassant, José Ingenieros, Montalvo…”. Las enseñanzas hostosianas, agrega, “fueron muy importantes”.

Las únicas carreras de ciencias sociales que existían en la universidad cuando se graduó de bachiller eran Filosofía y Derecho, cursó la segunda aunque no tenía temperamento para abogado. Quería ser arquitecto. Recibió cátedras de Rafael Bonnelly, Leoncio Ramos, José Manuel Machado, Oscar Robles Toledano, Froilán Tavárez, José Humberto Ducoudray, Wenceslao Guerrero (Puco). En 1952 se graduó doctor en Derecho.

“No fui buen estudiante en primaria ni en secundaria pero sí en la universidad, donde me gané todas las inscripciones”, expresa.

Ejerció el periodismo en La Nación cuando la dirigía Manuel Valdeperes. Fue encargado de la página literaria y hacía reportajes. Puso como condición “que nunca me mandaran a escribir nada sobre Trujillo. No existe una sola línea mía alabando a Trujillo. Se pueden morir buscándola y no la encontrarán”, exclama enfático el furibundo liceísta.

Algunos le han atribuido letras a favor del tirano y hasta acusado con la falsedad de que viajó becado por el régimen, lo que provocó su ira por lo menos frente a un difamador que debió retractarse en público porque Tolentino no lo iba a dejar abandonar el sitio donde se encontraron hasta que no lo hiciera. El detractor rectificó.

Aún perdura su animadversión por el déspota.

El padre vio que la vida de su insurrecto muchacho peligraba desde que este, a los 18 años, reaccionó irritado por él haber aceptado la función de presidente del Partido Dominicano. Don Vicente replicó: “Cuando yo tenía tu edad tomé un fusil y me fui a la loma y no le pedí permiso a papá ni a mamá”. Hugo comprendió el mensaje.

Persecución en París. En Madrid vivió alrededor de un año. “Llevábamos una vida de señoritos con el dinero que recibíamos, teníamos beca y éramos hijos de ricos, los sitios que frecuentábamos eran los tradicionales y los de moda en España”, refiere.

Llegó a tener hasta diez trajes, cuatro chaquetas casuales, “blazers”, todo eso era barato en Madrid. Pero su meta era París, para estudiar con mayor profundidad y amplitud y se marchó en tren en 1954.

La existencia allí es otro capítulo intenso en la historia de este marxista que descubrió esa doctrina precisamente durante su larga estadía en la Ciudad Luz. Porque pensaba en transformaciones sociales para su pueblo y eso solo era posible sin Trujillo, y fue allá donde se profundizó su oposición. Hacía un periódico clandestino mimeografiado y con una moneda de 50 centavos mandó a elaborar un sello que prolongaba los pasaportes a los exiliados. Oía noticias de Santo Domingo en un radio “Fénix”.

Recibió amenazas en papel higiénico donde le advertían: “Prepárate, que te vas a joder”. Ya el año de su partida se publicó un “Foro Público” que cuestionaba: “¿Hicieron su Servicio Militar Obligatorio los grandes de esta capital? Los Vicini, los Cabral, los Tolentino dando galletas y viajando con becas con el hijo de Marino Cáceres. ¿Hicieron su Servicio antes de irse?”.

Pero lo que convenció a Trujillo de que Tolentino Dipp era su enemigo fue el reporte de un general dominicano enviado a estudiar a París por “el Jefe”. Cenó con Hugo, Andrés Avelino, Luichy Martínez Richiez, José Cordero Michel y José Luis Parra, “e hizo un informe que yo poseo diciendo que éramos comunistas y que habíamos acabado con Trujillo. Eso le creó problemas a mi padre que fue llamado a la Presidencia. Le leyeron una carta para que la firmara y él respondió a Trujillo: “Yo estoy seguro, Jefe, que si a usted le piden que firme una carta así contra Ramfis, usted no la firma”. Ese día lo jubilaron y el socialismo del joven fue noticia diaria cargada de epítetos peyorativos hasta que mataron al dictador.

Hugo comenta: “Sus enemigos eran comunistas y ese apelativo se me pegó a mí”.

a.pena@hoy.com.do

 

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