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La imprecación

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La_imprecacionDIARIO LIBRE / 20 DE MAYO DE 2014 / POR BIENVENIDO PÉREZ GARCÍA

Seguramente más es lo que alcanzaríamos ver con “El Aleph” de Borges que lo que nos permitimos y decidimos mirar con estos órganos caprichosos, dotados de voluntad propia, que llamamos ojos.

A mediados de junio de 1960, posiblemente, el 16, en uno de los dos apartamentos del primer piso del desaparecido edificio Menéndez, al final de la Av. Pasteur en esquina con George Washington, sentada al atardecer bajo el marco que como umbral distingue la sala del balcón, se encontraba recostada en mecedora María Teresa, doña Mercedes B. más cariñosamente tratada como Doña Chea, dama muy estimada y poseedora de hermosas virtudes entre las que destacaba la nobleza de sentimientos.

Su mirada desde hace unos meses triste, ahora perdida en el horizonte del mar destelló a la humedad de los ojos, al recordar por cienmilésima vez a sus amados hijos, Michelito y su hermano mayor, desaparecidos en forma abrupta, inexplicada, sin una despedida, sin una oportunidad de abrazarlos, ni de besarlos, y sin ninguna otra conjetura de su desaparición, salvo la certeza de que ambos daban muestras de que más que antipatizar, detestaban al ominoso gobernante que por más de treinta años manejaba personas, sus vidas y muertes de manera omnímoda, y pretendía seguir aferrado a su ilimitado poder sempiternamente.

Inútiles los ruegos y amorosas advertencias de madre para que se cuidaran, más aún cuando Doña Chea se enteró de que semanas antes habían sido procurados por el Servicio Secreto. Vanos sus esfuerzos por lograr protegerlos, junto a su esposo, el importador de origen extranjero M.B. que igualmente adoraba entrañablemente a sus varones, pero como ellos, también sentía un visceral repudio hacia el “benemérito asesino nacional”.

En contemplación de la nada esa tarde sus labios rogaban al Creador que se los devolviera, que los protegiera, mientras a golpe de puerta tumbada su corazón presentía el más funesto desenlace acerca del destino de sus retoños, que no bien habían entrado en sus 20 años. Muchas semanas. Cero noticias. Ingentes diligencias y esfuerzos por encontrarlos. Ninguna pista ni información. Las autoridades policiales y de seguridad negaban saber de ellos. Como si la tierra se los hubiera tragado.

Por el estío estacional y los días más largos, ya pasadas las seis el, astro rey aún no se sumergía en las aguas caribeñas cuando de este a oeste, acercándose, acompañado de poca vigilancia que le antecedía y seguía a cierta distancia, fuera del horario habitual, siempre más nocturno, asombrada advierte con toda la claridad vespertina la figura inconfundible del ladrón de sus más hermosos sueños, el que, ahora lo sentía más seguro, apretó hasta triturar los dos botones que ya no florecerían en la plenitud de cariño y existencia larga para los que los había criado en amorosa familia.

Sus hijas Mariana y Judith, visitadas por otra niña de la vecindad advierten desde la sala-estar, la manera enérgica cómo se incorpora su madre. Extrañadas se acercan para ver de este lado un rostro palpitante que se torna rígido, la mirada fija hacia, ahora lo ven, la figura de Rafael Trujillo caminando, en claro traje tropical el lado sur del Malecón. Doña Chea, como poseída, empieza, primero con voz natural, y luego subiendo la intensidad, a increpar al tirano, sus hijas le alertan del riesgo que corre y de que puede ser escuchada. Como si nada hubiera oído, ahora con voz más estentórea maldice al dictador deseándole los más horrendos sufrimientos y el más abyecto de los destinos con repetidas execraciones. Muertas del miedo, sus hijitas y amiga, al no poder convencer a su madre de desistir de sus terribles condenaciones al Jefe, se hincan y luego colocan en el suelo, boca abajo, rezando a Dios y a la Virgencita, que no suceda nada malo, que proteja a Doña Chea y a todas ellas.

Mientras, la estimada dama imperturbable continúa, ahora pegada al balcón, con sus irrepetibles juramentos en el momento en que en su trayecto, justo se encuentra frente al apartamento el todo Señor Déspota del país. Animada por algo indescriptible, redobla sus imprecaciones mientras toda la sala, parece llenarse de alguna misteriosa sensación que sobrecoge a las niñas. El enorme cuadro del Jesucristo, colocado en la pared del estar-comedor empieza, así lo vieron con asombro las hijas y amiguita, a vibrar, en forma cada vez más trepidante, hasta caer finalmente al suelo y deshacerse en mil astillas su cristal. Sin voltearse, como si no hubiera escuchado, termina Doña Chea de hablar, mientras se alejaba el dictador, que extrañamente no dio señales de escuchar nada de las maldiciones que, casi a voz en cuello le profiriera.

Como salida de un estado de sopor, Doña Chea recupera la naturalidad de su compostura y la dulzura de su mirada; mira hacia atrás mientras las niñas le señalan el cuadro -¡Se cayó solo, después de temblar muchísimo!- dicen-. Observando cabizbaja el cuadro, la permanente tristeza pareció abandonarla un momento al dibujar una ligera sonrisa. Lo supo en ese momento: su imprecación había sido escuchada.

Ambos hijos de Doña Chea daban muestras de que más que antipatizar, detestaban al ominoso gobernante.

 

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