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H.P. Dilland reloaded

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DIARIO LIBRE / 03 DE MAYO DE 2014 / POR ELÍADES ACOSTA MATOS

 

Esto que tienen delante es H.P. Dilland. Es cierto que, aunque viene bien vestido y oloroso, sigue repugnando a simple vista por la ostentación que hace de sus llagas morales. También lo es que, por estos días y aún de figurín, a más de uno ha provocado arcadas su gelatinoso continente de lambón inveterado. Pero, ¿qué se la va a hacer? Con eso no pudieron ni padres, ni hermanos, ni amigos, ni maestros, ni el Jefe, que ya es mucho decir. “Algo tenías por dentro…” , se llega a pensar ante tanta abyección flagrante, como rezaba el tango en que un despechado en amores reprochaba a su ex “abacanada”, la dignidad perdida ante el dinero, el poder y el champagne.

 

Nos guste o no, esto que tenemos delante es H. P. Dilland, ex especialista en comarcas y fronteras; ex director del Instituto Trujilloniano; ex militante del Partido Dominicano y antes del Partido Socialista Popular. Desasido de toda pertenencia, relevado de toda lealtad, lo que queda es lo que hay. Ni más ni menos. Y aunque luzca atildado, hemos de ser piadosos, aunque no permisivos, con este derelicto humano que balbucea, se cree un triunfador que regresa del exilio y alardea de reconocimientos que solo existen en su triste cerebro, ese que suponemos, aunque a veces dudemos de su existencia, bajo la bóveda craneana que se halla al norte de su cara de polichinela triste.

 

Pero esto, lo sabemos bien, que antes se arrastraba, gemía, pedía perdón por su pasado dizque revolucionario, renegaba de sus raíces y amanecía cada día, primero en la fila de potenciales emigrantes que se formaba ante el Gran Consulado Imperial, no siempre fue así, aunque, justo es decirlo, solo por fuera. Porque la carroña no pudre de un día para otro, sino que se incuba en lo oscuro, en lo interior, destilando la materia pultácea de su circulación, la que laboriosamente bruñe, pule, conforma y acumula durante décadas, día a día, hora a hora, minuto a minuto, en el minué perverso de las arañas resentidas, hasta que, en el momento menos pensado, estalla ante cualquier ofensa real o imaginada. Y esa explosión, amigos queridos, marca, por lo general, el último día de Pompeya, o sea, de su honor.

 

Ya sabemos que su nombre real, aquí en Santo Domingo, adonde ha regresado bien vestido y pisando fuerte, era Hastroldo Cuasihomérico Pe. Dilland, y que escaló hasta el favor del Jefe, mientras no se pasó de la raya con sus ditirambos, que luego se supo, había copiado de los que Los Laínes hacían circular en España, en loor al otro Generalísimo. Eso precipitó su caída y era de esperar: el Jefe no pagaba, y pagaba bien, por refritos sino por adulaciones astrales y más que eso, originales.

 

En aquel entonces, recordamos, trató de mantenerse a flote, mientras pudo, mendigando a la puerta de los hoteles donde se alojaban los dictadores derrocados de América Latina que, como polluelos, terminaban siempre refugiándose bajo el ala maternal del más duro, recalcitrante y tenaz de todos. Ofertó sus servicios de escribidor a destajo, de adulón desaforado y de alabardero ideológico a Rojas Pinilla, Batista, Perón, Carías y Marco Pérez Jiménez, pero nadie lo tomó en serio. Los más generosos o los más hartos, se limitaron a arrojarle, en algún día afortunado, unos centavos para la magra pitanza. Y mientras eso sucedía, sus antiguos empleados del Instituto Trujilloniano, a quienes humillaba sin piedad en su edad de gloria, organizaban excursiones a los desfiladeros de su abyección e iban a verlo mendigar, acosándolo con los apodos que habían ideado para él, entre los que descollaban “Don Pomposo”, “Príncipe Chinche” y “Lord Piltrafa”. A veces, también sazonaban los gritos con el lanzamiento de pellas de fango, lo que consideraban un deporte, al que no tardaron en bautizar como “Mata a la rata”.

 

Pues bien, por azares del destino, o más bien por su pasado, dizque socialista, H.P. Dilland fue un día fichado por los perspicaces empleados del Gran Consulado Imperial, muy necesitados de apóstatas en tiempos de la Guerra Fría, cuando la más variopinta fauna invertebrada era acarreada, sin piedad, para atacar, denostar, desprestigiar, dividir desde dentro, erosionar, aplastar, machacar y pulverizar a todo movimiento revolucionario, socialista, comunista, progresista, feminista, antirracista, o simplemente, surrealista, dadaísta o cubista de la región. Y de esta extraña manera salvó la vida este experto en rezurcir, no en crear, que nos pasa ahora por al lado, bien vestido, pero indigente contumaz; el mismo que antes se llamaba H. P. Dilland, en Santo Domingo y que hoy, años después, ha regresado del olvido.

 

El hado adverso que un día de su lejana infancia le había chupado la columna vertebral, intercedió ahora para salvarlo, quizás por lástima. Terminó desembarcando en Miami, como un náufrago material y casi loco de frustración y rabia, de donde fue llevado a New York para ser instruido en técnicas de rompehuelga y propaganda negra en la escuela sindical de Jimmy Hoffa. Allí compartió dormitorio con un colombiano llamado José Antonio Devastación de Osorio y un peruano, por cierto, buen escritor, al que se conocía como Marqués de Valía Rosa.

 

Cierta bonanza económica, pues la traición se suele premiar con largueza, hizo que, poco a poco, fuese regresando la luz a los ojos apagados de H. P. Dilland, de este mismo que ahora se pavonea ante nosotros, como si no lo recordásemos en sus días trágicos. El fuelle de sus pulmones, antes exhausto de susurrar misericordia, también regresó y con él se levantaron los hombros caídos, apuntalando una apostura que, no sé por qué, aún hoy, conserva un tenue olor a podredumbre. ¿Lo sienten, verdad?

 

Como era de esperar, con la recuperación de sus rasgos aparentemente humanos, regresó lo peor de su circulación pultácea que, a su vez, insufló nueva vida a sus ideas más ruines y dio manigueta de continuidad a los instintos que mejor permitían comprender el por qué de las iniciales de su nombre. En lo que llamaba, a boca llena y con gesto de Pierrot enharinado, “su vertical exilio patriótico e insobornable contra la dictadura trujillista”, a la que antes había servido con delectación, H. P. Dilland se fue labrando un título de “pensador marxista”, perteneciente a una tercera vía, dedicándose a descuartizar a sus excompañeros y a la vez, a unos nebulosos “imperialistas”, de quienes cobraba mesadas bien concretas, por supuesto, bajo cuerda.

 

No tuvo límites, desde entonces, su descocada carrera por hacer méritos a los ojos de sus nuevos amos. Llegó hasta a enfilar los cañones, acusando mediante anónimos y denuncias de toda clase, a los mismos funcionarios liberales del Departamento de Estado que le habían facilitado la salida de Santo Domingo y que terminaron declarando ante el “Comité de Actividades Antinorteamericanas”. Denunció también a republicanos españoles a los que frecuentaba, entre ellos a Jesús de Galíndez, a los que calificó de ser inspiradores de una conjura judeo-masónica-bolchevique, con lo que evidenció que seguía robando conceptos tremendistas de Los Laínes, como el buen perro huevero que siempre sería.

 

Ya se sabe, queridos amigos, que no hay nada más despreciable que un converso y no porque haya cambiado de parecer, sino porque cree que su legitimidad y seguridad, en las nuevas condiciones de su existencia, si es que a eso podemos llamar, en rigor, existencia, dependen de perseguir a sus antiguos cófrades o correligionarios. De marranos conversos estuvo lleno el Santo Oficio español. Servían de espías, delatores, traductores (como el mismo Greco) de aquellos judíos de quienes se sospechaban más apostasías en la misma medida en que les crecían los doblones en la bolsa.

 

No eran las SS, sino la Policía Judía, la que guardaba el orden interior en el Gueto de Varsovia; la que arrestaba, golpeaba, entregaba a los alemanes y llevaba ordenadamente a los trenes de la muerte a los demás judíos, los que terminarían como montañas de cenizas en las cámaras de gas de los campos de Buchenwald o Auschwitz-Birkenau.

 

Esto que ahora intenta deslumbrarnos con su traje de buen paño y su reloj reluciente, es ese mismo H. P. Dilland también un marrano converso. No solo se refocila en sus llagas morales, sino que viene a restregarnos en la cara lo que llama “… su éxito en el exilio antitrujillista”. Como si alguien nos hubiese extirpado la memoria y las bibliotecas no conservasen sus escritos jacobinos de postín, sus denuestos dialécticos contra el mismo amo al que ahora sirve y sus ditirambos casposos de cuando dirigía, con mano de hierro, el Instituto Trujilloniano.

 

Fíjense bien: se nos acerca. Y no es casual. Les apuesto que llegará sonriente y urbano, haciendo gala de una bondad que nunca tuvo, de un compañerismo que jamás ha experimentado y de una prodigalidad difícil de creer en un estafador consuetudinario.

 

Ya está aquí, nos palmea la espalda, hace chistes, brinda cigarrillos, nos invita a tragos. Dice que se acuerda bien de nosotros, pero que ya lo ha perdonado todo, entre otras cosas, que le llamásemos “Don Pomposo”, “Príncipe Chinche” y “Lord Piltrafa” y también aquellas “simpáticas sesiones juveniles”, así las llama, de “Mata a la rata”. Cuenta sus éxitos, los hitos de su “heroica lucha antitrujillista en el exilio”, los peligros corridos por la libertad y la democracia, por instaurar en el país un gobierno del pueblo y que garantice la justicia social. Habla como un verdadero revolucionario y se hace casi insoportable su hedor.

 

Este mismo H. P. Dilland, el de siempre, nos palmea de nuevo la espalda, como un viejo camarada, nos invita, otra vez , a unas rondas de tragos, sacude la solapa de su traje de buen paño y mira el reloj reluciente. Es entonces cuando hace un gesto, casi imperceptible, a la patrulla de ocupantes, en la estela de cuya invasión regresó al país.

 

“Son estos y no tienen remedio”- les dice, mientras nos entrega.

 

Y es cuando descubrimos en sus ojos el mismo brillo de cuando dirigía el Instituto Trujilloniano.

 

No eran las SS, sino la Policía Judía, la que guardaba el orden interior en el Gueto de Varsovia; la que arrestaba, golpeaba, entregaba a los alemanes y llevaba ordenadamente a los trenes de la muerte a los demás judíos.

 

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