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Francisco José Arnaiz, sacerdote jesuita en el recuerdo

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Francisco_Jose_Arnaiz_sacerdote_jesuita_en_el_recuerdoDIARIO LIBRE / 22 DE FEBRERO DE 2014 / POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

Editoriales de todos los medios de comunicación, columnas de firmas reconocidas, reseñas periodísticas múltiples, han dado cuenta de la vida y obra de monseñor Francisco José Arnaiz, el obispo jesuita que entregara su alma al Padre el pasado día de San Valentín.

Faltaría a la memoria de un grande amigo y ejemplar sacerdote, si no uniera yo mi modesta escritura a las tantas voces que por estos días lo han reverenciado, para recordar a este hombre excepcional de la Iglesia católica, nativo de Bilbao, España, y con 53 años de residencia en República Dominicana.

Le conocí en 1966, cuando apenas yo tenía 17 años de edad. Fue solo entonces una visión, una noción, un celaje, un encuentro de pasada, aquel conocimiento primero de Arnaiz, el sacerdote que llegaría a Obispo veintitrés años después de aquel fugaz encuentro. Laboraba ya en el Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino, donde sería profesor y rector entre 1964 y 1975. Yo participaba en uno de los entonces famosos “cursillos de sociología”, como se les llamaba, que organizaban los jesuitas en el decenio de los sesenta, primero en Santo Cerro y luego en Villa González, Santiago. A mí me tocó ser parte de esta última etapa. Eran cursos intensos de nueve días de duración, en ambiente de estrictas normas de conducta (en la alimentación, en las horas de descanso, en el tempranero ejercicio matutino, en el espacio dedicado para dormir -una gran carpa que fuese utilizada por los marines norteamericanos que invadieron Santo Domingo en 1965 y que habían dejado abandonada cuando partieron-, en la higiene corporal -una sola ducha fría al aire libre en las primeras horas de la mañana para una tropa de una treintena de jóvenes- y extensas horas de estudio y debate sobre la doctrina marxista y la doctrina social de la Iglesia). La locación pertenecía al Centro de Formación Agraria y Sindical (CEFASA) que Arnaiz había fundado, en la misma época en que influyó, con su capacidad teórica y organizativa, en la creación de las ligas agrarias cristianas y la Confederación Autónoma Sindical Cristiana (CASC), al tiempo que otros compañeros suyos de la orden de San Ignacio orientaban a los forjadores del primer núcleo político socialcristiano, que tuvo su fundamento original en las denominadas encíclicas sociales, la Rerum Novarum (“De las cosas nuevas” o “De los cambios políticos”), del Papa León XIII, y la Quadragesimo Anno, del Papa Pío XI, publicada al conmemorarse cuarenta años de la publicación de la anterior. (Recuerdo aquí con afecto a mi compañero de camarote en ese cursillo, Jimmy Fernández Mirabal, fallecido recientemente.)

Los animadores de aquella inolvidable jornada de estudios sociales eran los jesuitas Francisco Guzmán -alto, corpulento, de enorme vozarrón, que tenía como principal hazaña haber dado uso a sus más de seis pies de estatura para servir de escalera humana a Fidel Castro a fin de que este huyera de la persecución militar provocada por los sucesos del 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba-, Gregorio Lanz -inteligente, de intenso trajinar, reclutador de los participantes en aquellas jornadas formativas-, y Jorge Munguía, de quien recibimos las primeras nociones formales de economía -asombrosamente perspicaz, metódico, con un tic nervioso que acentuaba su mal genio-. Uno de esos días apareció Arnaiz, que nos fue presentado por el padre Guzmán como el fundador de esa casa, acompañando, si no yerro al recordar, a Eduardo Boza Masdival, quien fuera Arzobispo de La Habana y que, como Arnaiz, había sido expulsado de Cuba a raíz del triunfo de la revolución. Ese mismo año de 1966, Arnaiz comenzaría a publicar una columna en Listín Diario que, prácticamente, mantuvo por más de cuatro décadas.

Poco a poco, fue creciendo su fama de pastor inteligente, culto, escritor consumado, orador sagrado que cuidaba cada detalle de sus palabras aun en los eventos menos importantes (en sus archivos deberán encontrarse, esperamos, muchos de esos escritos -homilías, discursos, conferencias, sermones de bodas, de celebraciones familiares, de las fiestas tradicionales de su tierra nativa cada año, en Casa de España- que merecerían ser recogidos en publicación), interlocutor fascinante, amigo siempre presto a servir sin reticencias, redactor de documentos impecables (la escritura de una veintena de cartas pastorales de la iglesia dominicana, constituye una de las joyas de su intelecto eclesial) y gustador de placeres vitales que por ser dones del cielo no son motivo de escándalo. Monseñor de la Rosa y Carpio recordaba este aspecto de su vida en sus palabras de despedida a nombre de los obispos durante su sepelio: la buena mesa, el buen vino y el habano que fuera uno de sus sellos distintivos.

Tuve una relación personal, de consulta, de orientación, de amistad curtida en desvelos de los cuales fue estimulador determinante, con este pastor con una hoja de vida de servicio a la Iglesia, a la Compañía de Jesús y a la nación dominicana. Recuerdo su memorable disertación en la Cátedra Cardenal Beras, en la PUCMM, que titulara “Entre la esperanza y la incertidumbre”, cuyo texto me enviara, el cual anoté en diversos tramos y he releído varias veces, como dechado de ejemplificación moral y como discurso modelo de excelente escritura. (“No hay mayor perversión que la simplificación de lo que es complejo. De la reducción simplista no puede surgir ni el análisis certero ni solución eficaz alguna…Me escalofría sumergirme en esa complejidad…”).

Las publicaciones que legara a la bibliografía nacional revelan su erudición, la fortaleza de sus conceptos morales, su pasión por el ideal ignaciano, la calidad de una escritura sin remiendos y su permanente preocupación por la suerte de la democracia dominicana. Una escritura para pensar y cambiar, para pensar y emular, como él titulara las dos partes que componen su libro “La madurez de los pueblos exige tiempo”. Todos sus libros tienen títulos sugerentes, frases que anuncian su valioso contenido. Abrevió siempre su primer nombre -tal y como lo colocamos en el título de este artículo- en los textos impresos que dio a la luz.

En una ocasión, llegó al lugar donde me encontraba conversando con dos sacerdotes jesuitas, y nos sorprendió diciendo en alta voz: “Tengan cuidado lo que hablen con Lantigua, que es un salesiano clandestino”. Le señalé que mi salesianidad incurable era pública, pero que debía por igual mucho a los jesuitas, sobre todo en el estímulo para el conocimiento y en la preocupación social que siempre me ha acompañado. Rió de buenas ganas y me dio un abrazo. Años después, en 2011, me complací mucho en dedicarle la Feria Internacional del Libro junto a otro jesuita ejemplar, el venerado padre José Luis Sáez. Esa ocasión me dio la oportunidad de ser el editor y prologuista de su último libro “Cuando nosotros decíamos paz, ellos gritaban guerra”. Parte de lo que escribí entonces, dice:

“Monseñor Francisco J. Arnaiz vino a Santo Domingo justo cuando comenzaban los albores de la larga jornada por instaurar la democracia, luego de treinta y un años de dictadura…En poco tiempo comenzaba a cumplir las tareas que le encomendara la Compañía de Jesús a la que pertenece, orden sacerdotal que jugó uno de los roles más vitales -pocas veces recordado- en ese dificultoso proceso de educación ciudadana para la vida en democracia, tras tres largas décadas de oscurantismo, persecución política, ultraje, abyección y obligado silencio. En ese proceso se le vio, al entonces padre Arnaiz, en las tareas de crear conciencia entre campesinos, obreros y estudiantes, a quienes enseñó a forjar sus propios estamentos de clase, creando de este modo la base social y política con la cual se comenzaba a construir la nueva realidad dominicana. Disertando y organizando centros de estudios sociales o asesorando ligas agrarias y núcleos obreros, el padre Arnaiz ayudaba a fomentar el derecho a la sindicalización, al tiempo que instruía en torno a doctrinas y métodos que luego terminarían siendo cruciales en el acoplamiento de voluntades democráticas que necesitaba el país en ese momento histórico. Largo ha sido luego el trajinar apostólico de este jesuita íntegro, sencillo, cercano, sociable, de enriquecedora amistad, de admirable vocación de servicio. Con los años, su calidad intelectual, su dominio de la palabra y la escritura, y sus profundos conocimientos de los alcances de la fe y de la ética cristiana, lo convertirían en una de las más sólidas columnas intelectuales de la Iglesia católica dominicana”.

Hace un par de años me llamó para decirme que me había hecho una cita con el olvidado padre Sergio Figueredo, quien vendría desde Miami donde realiza su labor pastoral para realizar una investigación sobre la presencia de los jesuitas en nuestro país, y por quien tantas veces había preguntado ya que desarrollamos una amistad en los años de su permanencia en el país. Así tuve la oportunidad de tener un encuentro de más de dos horas con este viejo amigo en la casa de los jesuitas de la avenida Correa y Cidrón. Ví a Arnaiz por última vez hace menos de un año cuando asistí a la misa por las bodas de oro con la Iglesia de monseñor Richard Bencosme, tío de mi esposa, en la PUCMM, de Santiago. Estaba entonces sentado a un lado del altar junto a su enfermera, notablemente disminuidas sus fuerzas. Lo observé alegre al verme junto a mi esposa. El celebró en la Catedral la misa de nuestras bodas de plata y presidió el casamiento de mi primer hijo. El pasado domingo, mientras asistía a su funeral en Manresa Loyola y veía bajar el ataúd con sus restos en el modestísimo cementerio de los jesuitas, recordé, junto a una oración, el célebre comentario de don Rafael Herrera escrito en el Listín décadas atrás: “Francisco José Arnaiz es un sacerdote de luces, de trabajo incansable y conocedor de los hombres y sus problemas. La impresión de muchos es que nació Obispo”.

Vade in pace.

www. jrlantigua.com

Disertando y organizando centros de estudios sociales o asesorando ligas agrarias y núcleos obreros, el padre Arnaiz ayudaba a fomentar el derecho a la sindicalización, al tiempo que instruía en torno a doctrinas y métodos que luego terminarían siendo cruciales en el acoplamiento de voluntades democráticas que necesitaba el país en ese momento histórico. 

 

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