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Arnaiz: el Don de la Gracia Sabia

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Francisco José Arnáiz

Francisco José Arnáiz

DIARIO LIBRE / 22 DE FEBRERO DE 2014 / POR JOSÉ DEL CASTILLO

Nacido en Bilbao el 9 de marzo de 1925, en el centro industrial de su querido País Vasco cuyo paisaje formado por picachos cordilleranos y el azul intenso del Cantábrico evocaba nostálgico entre volutas de humo, su corazón dejó de latir en el campus de Santiago de la PUCMM el pasado 14 de febrero, el día consagrado al amor y la amistad. Como si fuera un gesto final hacia los que tuvimos la dicha inmensa de disfrutar la cercanía de su gracia fresca, casi angelical.

Estudios sacerdotales en Cuba. Licenciado en Filosofía de la Universidad Pontificia de Comillas, Santander, doctorado en Teología de la Gregoriana, Roma, con estudios en Psicología Clínica y Psiquiatría y en Ejercicios Espirituales en ambas academias. Su huella magisterial quedó en la Casa de Ejercicios Espirituales y en el Noviciado de El Calvario, en La Habana, en el Seminario de Aibonito, Puerto Rico, en el Seminario Santo Tomás de Aquino, donde fue rector por una década (1964-75) y en la Residencia Valle Llano de los Jesuitas. Multiplicada en el púlpito, en el podio de conferencista sabio y ameno, en el agudo artículo periodístico o en el documento eclesiástico erudito. Y en una veintena de libros, uno de los cuales, La Madurez de los Pueblos Exige Tiempo, tuve el honor de presentar en el Palacio de Borgellá en 2006, reciprocando su gesto al hacer lo propio un año antes con mi Agenda de Fin de Siglo.

Director fundador del Centro de Investigación y Acción Social entre 1962-64, desde 1975 hasta 2002 fue secretario de la Conferencia Episcopal Dominicana. Obispo Auxiliar de Santo Domingo a partir de 1989 y Emérito desde 2002. Un verdadero y efectivo gerente de nuestra Iglesia. Cabeza pensante iluminada que nos representó en concilios como el Vaticano II, sínodos mundiales y conferencias del CELAM. Doctor Honoris Causa de la PUCMM.

Francisco José Arnáiz fue uno de esos arcángeles de Dios, España y las Antillas que nos cayó por estos lares para fortuna de esta media ínsula, como también lo hicieron Manuel García Costa, Manuel Corripio, Galo Munné, Vela Zanetti, Gausachs, Prats Ventós, Malaquías Gil, Vicente Rubio y María Ugarte. Y mi querido Miguel Carretero, párroco de San Carlos. Peninsulares que vinieron a plantar, unos industrias, lienzos o murales, otros saberes ilustrados, valores éticos y obras de servicio. Que llegaron a esta tierra para dejar sus huesos y el brillo reluciente de su honestidad.

En Arnáiz se resumía una profunda sabiduría erudita, el ángel del verbo divino o mundano -conforme la ocasión-, la disciplina del deber cual soldado de la compañía que fundara Ignacio de Loyola, la humildad de la grandeza. Y esa vocación de servir, ora a las monjitas que le hacían madrugar para oficiar misa en un vecindario obrero, ora para dar consuelo al atribulado por la pérdida del ser querido. Ya a su grey, a la cual prestó su talento en tantas cartas pastorales y en su eficiente rol de administrador.

Llegó al país en 1961 como parte de una legión de jesuitas procedentes de Cuba, imbuidos de una misión de redención moderna bajo el alero de las encíclicas sociales Rerum Novarum, Quadragessimo Anno, Mater et Magistra. Todos altamente calificados en teología, filosofía, doctrina social de la Iglesia. Pero igual en economía, sociología, antropología, ciencias políticas, comunicación. Benavides, Llorente, Arango, Guzmán, Alemán, Moreno, Ortega, Villaverde, Figueredo, Dorta Duque, Suárez Marill, Arroyo, Amigó. Eran mensajeros de la nueva evangelización y acción social que la congregación había encomendado en América Latina a Manuel Foyaca de la Concha como visitador regional, un jesuita y sociólogo cubano. Dominicos como Marcelino Zapico se sumaron a esta causa.

Una pléyade de entusiastas sacerdotes que arribaron justo en la alborada libertaria de los dominicanos, cuando las calles se poblaban de jóvenes salidos de las cárceles de la dictadura, las plazas retomaban su función de espacio abierto al ciudadano y El Conde vertebraba los nervios de la política. Época de ideologías de todos los ismos, de Guerra Fría y cabezas calientes, de tensiones y emociones. Los jesuitas de Foyaca brindaron su brazo amigo a la juventud obrera en la JOC y la CASC, a los universitarios en el BRUC, a los campesinos en FEDELAC. Y al renaciente Listín Diario le dieron soporte en sus páginas de opinión para contribuir a la forja de una orientación democrática responsable, con énfasis en la reforma social.

Bajo el impulso de Arnáiz y sus compañeros, se formó el CIAS -no confundir con la compañía americana de tantas travesuras-, la Casa Social de los Jesuitas, el CEFASA (Centro de Formación y Acción Social Agraria), el Colegio Loyola. Se revitalizó el Seminario Santo Tomás de Aquino, Radio Santa María, el Instituto Politécnico Loyola, las Casas de Ejercicios Manresa (Loyola y Altagracia). A monseñor Beras entregó nuestro cura 41 esquemas de predicación del contenido de Mater et Magistra.

Cuánto debemos los dominicanos a Fidel Castro, por forzar la salida de estos misioneros, acostumbrados en su saga congregacional a lidiar con expulsiones e intolerancias ideológicas. En 1999, al celebrarse en el país la II Cumbre de la Asociación de Estados del Caribe, Arnáiz y Fidel, quienes se conocían del Colegio de Belén, se vieron las caras de nuevo en una recepción. Allí surgió el siguiente diálogo a distancia que el sacerdote relataba sin rencor: “Fidel, aquí Arnáiz, a quien expulsasteis de Cuba”. El comandante, sorprendido por el inesperado interlocutor, respondió ágil al identificar su indumentaria: “Pero chico, debes agradecérmelo, ya eres obispo y en Cuba no habrías llegado a obispo”.

Presente en el vórtice de la construcción de nuestra democracia, cuando la crisis tomó forma de desabastecimiento, inflación de tres dígitos, cuestionamiento postelectoral y protesta callejera, estuvo junto a Agripino Núñez, respaldado por el cardenal López Rodríguez, articulando el Pacto de Solidaridad Socioeconómica de 1990, matriz de las reformas de esa década. Cuando patronos, sindicalistas y gobierno disonaban para un nuevo Código de Trabajo demandado por la comunidad internacional so pena de sanciones económicas (Estados Unidos) y morales (OIT), de nuevo el tándem negociador se hizo presente y tuvimos Código.

En el 94, al estallar la crisis electoral, surgió el Pacto por la Democracia y la reforma constitucional que prohibió la reelección, introdujo la doble vuelta, adelantó las presidenciales y consagró la independencia del Poder Judicial. Fue obra del trajín conciliador de esa mutual bregando con el zorruno Balaguer y el fogoso Peña Gómez. Seguida por la labor del Grupo Acción por la Democracia que elaboró una agenda de reformas institucionales. Por diez años anduvo el Código Financiero rondando en los pasillos de la concertación. A cada crisis de la JCE, el debate de la Seguridad Social o cualquier cortocircuito sistémico, ahí estaba Arnáiz. Ese terco reformador con rostro de manzana fresca y pera santifical, ojillos vivaces, frase siempre feliz a flor de labios, piel tersa de amistad sin paga, abrazo solidario, consejo práctico. Ese hacedor de cultura católica para estos tiempos de globalización y destemplanza.

Una faceta de su poliédrica figura fue la forja de conciencias desde una columna semanal del Listín Diario. Ahí ejerció su oficio de escritor, tocado por la gracia de un estilo suelto, generoso pero cuidado, veraz, estrictamente bien pensado. Debajo de la fluidez a veces tórrida -al modo de Carpentier- había una inmensa erudición y el empleo diestro, riguroso y pulcro de la escritura. Una de sus maneras de atraparnos como lector y enseñarnos. Con precisión de relojería suiza, aparecía cada sábado su mega columna en la página vecina a la del editorial. Enriqueciendo colaboraciones semanales como las de Ivelisse Prats y Tony Raful, y las bien enteradas columnas diarias de Orlando Gil, Aristófanes Urbáez y César Medina, lecturas indispensables en el decano de la prensa nacional.

Allí nuestro monseñor discurría en los temas de su dominio, que era vasto. Tópicos teológicos, intrincados misterios de la historia sagrada (ahora en boga revisionista dada la moda de los Dan Brown y su Código Da Vinci, los templarios y el Evangelio según Judas y el National Geographics), el peregrinaje por el camino de Santiago Apóstol, mejor en año Jacobeo. La esplendidez de los elevados picachos nevados de su entrañable País Vasco. El examen caracterológico del dominicano y el llamado a corregir conductas negativas para superar el subdesarrollo. Orientaciones éticas y estéticas, perfiles de héroes cotidianos de la sociedad y de próceres que modelaron la Patria.

Pero también hubo un Arnáiz disfrute de comensales, tertulianos y sibaritas. De gente que aprecia un buen vino, la humeante placidez de un cigarro de las vegas del Cibao, el deleite de un destilado, ya cognac, sambuca o chinchón, un pulpo a la gallega, salpicón de mariscos, lacón, paletilla de cordero, o una tarta de almendras de Santiago. La mesa bien servida, la calidez del ocio sano, la anécdota enriquecedora de experiencias vitales, compartida por décadas junto a Manolito García Arévalo, Francis, Pedritín y otros carnales. Era el Arnáiz vitalista, tan auténtico como el pensador sofisticado, el orador sagrado, el oficiante religioso, el sacerdote al servicio de la comunidad.

Me siento honrado por haber conocido a este amigo sencillo que se prodigó en bienaventuranzas hacia el prójimo. A ese sabio “colocado en el mismo trayecto del sol”, como diría el poeta Mir, simbiosis maravillosa del talante vasco y la buena malicia criolla. A ese caballero vestido de negro con toque de cuello blanco que decidió hacer su obra cristiana en tierra dominicana. El entrañable Pepe Arnáiz, consejero espiritual de tantos, parlante encantador y cariñoso, solidario pleno. Constructor de nuestra democracia. Un humanista católico que hizo posible que Dios se expresara cálido, con su gracia, cada día entre nosotros. Cuya sonrisa confieso que ya añoro.

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