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La mariposa y el caracol: el epistolario de Minerva

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Minou Tavárez Mirabal

Minou Tavárez Mirabal

DIARIO LIBRE / 08 DE FEBRERO DE 2014 / POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

Minerva le escribe a Manolo: “Como me dijiste que te conformabas con dos líneas pensé hacértelas, pero desconozco el arte de resumir. La primera línea diría: “Me haces falta”. Pero la voz atormentadora, la voz entrometida me dice -esa no es una idea, esa es una sensación, las cartas deben tener ideas…”.

“Manolo -escribe de nuevo Minerva-: Tú sabes que me he privado de muchas cosas -cosas que para cualquier muchacha resultan muy naturales- solo por mi carácter, que aunque me he empeñado en domesticar tiene siempre un fondo extremista: se da todo y lo exige todo…Por eso he reprimido durante este tiempo mi inclinación hacia ti porque temía que tú no me llenaras las aspiraciones de compenetración, de afecto, tanto tiempo contenidas en mí; ¿serías capaz de llenar mi alma, mis anhelos?”.

(Jarabacoa. Jueves Santo de 1952. Habían pasado tres años apenas de aquel famoso baile en San Cristóbal y el encuentro del tirano con una Minerva rebelde a los caprichos y a la lascivia del ególatra. Manolo queda flechado al verla por primera vez en la montaña mientras ambos vacacionaban. El es un mozo alto y elegante de apenas veintiún años. Ella, hermosa, atractiva, inteligente y altiva, le lleva cuatro años. Acababa de cumplir veinticinco.)

Minerva le escribe a su amado: “Es posible que haya un divorcio entre el ideal y la realidad y no puedo dejar de ser una incurable idealista, cuando trato de amoldarme a la realidad me parezco a esos ríos de aguas turbias que no dejan conocer su fondo…”

Desde Montecristi, Manolo responde: “Amada mía: Han transcurrido diez días y en todo ese tiempo solo dos cartas tuyas he recibido…¿Es que me has olvidado un poco?…Tal vez sea mi sed de ternuras, que me hace ser tan exigente….Aquí se me van los días bastante aburridos. Casi no hago otra cosa que leer y estudiar; y esto con muy poco interés. Terminé de leer Rojo y Negro y un estudio sobre Federico García Lorca. Este poeta tiene cosas maravillosas. Cuando vayas a una librería pregúntame por estas obras de él: Yerma, Mariana Pineda, La Zapatera Prodigiosa y Bodas de Sangre. Te llevaré la conferencia sobre Lorca para leerla juntos. Es un estudio magnífico”.

(Leen. Emile Zola, Romain Rolland, Stephan Zweig, Walter Pater, Emile Durkheim, Lorca, Stendhal, Ciro Alegría, juristas franceses. “Me hicieron una cita con la muchacha más bella y culta y que tiene la mejor biblioteca del país”, le comenta Manolo a una amiga. “Ah, vas a conocer a Minerva”, le dice ella. “¿Y cómo lo sabes?”, le pregunta él sorprendido. “La conozco desde el colegio Inmaculada Concepción y nadie más en este país reúne esas características”.)

Minerva a Manolo, en una carta de marzo del 55: “Te quiero mucho, cuento contigo para todo, eres como mi muleta, mi zapato viejo, mi amor: es terrible estar tan descalcificada y no tener cerca tu hombro querido”.

Manolo a Minerva, en una misiva de julio del mismo año: “…se me han presentado algunos inconvenientes, uno de carácter imperioso. Se trata del asunto del Servicio Militar Obligatorio. Ayer me llamaron de la fortaleza, no sé quién lanzó la especie de que yo tenía el propósito de no marchar, me inscribí y quedé comprometido para ir el domingo…Ayer salí del tribunal a las diez de la noche. Fue una causa discutidísima, se trataba de un caso de sustracción de menor…El juez se reservó el fallo para una próxima audiencia. Había un público inmenso hasta encima de los bancos y en la calle. Esto me tiene un poquito “envalentonado”, he recibido felicitaciones de muchos colegas. ¡Bájame el “chin” de humo con que te digo esto! Mañana vuelvo a escribirte ángel de mi guarda.”

(El amor se consume tenaz, mientras el tirano persigue a su víctima y las amenazas al novio se intensifican por el solo motivo de vivir el amor, y de sufrirlo, con una mujer desafecta al régimen que era calumniada por el Foro Público. La “cotidianidad sitiada” la llama su hija, la cronista de este epistolario feliz y trunco).

Minerva a Manolo: “Bueno te participo que hoy estoy mejor. Todavía estaba donde Carmen y Victoria me avisó que había llegado tu cartica y salí disparada como María Moñitos con dos moños que me hicieron allá; quería llegar volando para leer tu carta…Tú no sabes mi amor como me haces falta, pusieron el picot y aquel disco: ‘Nunca te lo he dicho..’…me parecía como si estuvieras conmigo, tan dentro de mi corazón”.

(Ella: Manolo, Manolete, Mi adorado novio, Mi muchachito querido, Amado mío, Chiqui querido, Mi adorado muchachito, Mi recordado amor, Mi adorado tormento, My dear love….El: Amada mía, Mi adorada y recordada novia, Mi todo, Mi adorada Chiqui, Bien mío, Amor mío, Mía…El amor se extasía entre dos almas enamoradas. La relación epistolar es intensa, porque la ternura apunta hacia el delirio. Entre las palabras que van y vienen desde Santo Domingo a Montecristi, sin pausas, se asienta la alquimia de los requiebros, la avenida de los sueños conjuntos, frente a la vesania que avanza para quebrar aquel nido de belleza y pasión.)

Manolo a Minerva (delirante de amor): “¡Oh Darling, no puedo vivir sin ti! Todas mis luchas y mis propósitos están encaminados a lograr la realización de mi ideal más grande, único, incomparable, el de formar nuestro nido de amor”.

Minerva a Manolo (lectora voraz y crítica): “Estuve leyendo ‘Los caminos del amor’, verdadera cátedra de tolerancia y amor al prójimo, pero la verdad es que me resulta difícil leer libros en forma de consejo. Lo que me entusiasmó de verdad fue “Prometeo” de Esquilo, una obra maravillosa de la antigüedad en que se plantea por primera vez el problema de la justicia. Ahora estoy leyendo “El gran criminalista”, bastante cansona pues está llena de datos innecesarios, pienso terminarla esta noche aunque salte la mitad”.

Minerva sufre de “manolitis aguda”: “…sedienta de ti…Aquí estoy todo el día interrogando a las mellicitas sobre lo que tú haces, lo que comes, a qué hora duermes, cómo regresas de aquí, en fin todos esos detalles que demuestran una manolitis aguda”. Manolo está encandilado por la belleza de la que será su mujer, ilusionado con la vida de amor que se abre diligente para los dos. Por eso, los detalles son tan importantes entre misiva y misiva: “¡Fueron tan bellos esos momentos que pasamos juntos!…Mamá regresó encantada del trato que allá le ofrecieron; encontró simpatiquísima a Mamá Chea. No me explico como en tan poco tiempo pudieron hablar tanto. Ella aquí ha hablado de Uds. hasta por los codos. Está -estamos- muy entusiasmados con la pronta visita de Uds. Se me olvidó decirle a Mama Chea que Dedé puede también venir, en calidad de guardián”.

La_mariposa_y_el_caracol_el_epistolario_de_Minerva_02(Estas cartas fijan una biografía de amor entre sus cauces impetuosos. Y una biografía humana, entre desvelos y miedos. Minerva camina entre espinas y sueña el peligro: “Ay amor, tengo mucho miedo de que lo nuestro termine, no sé por qué, pero tengo algo así como un presentimiento, es como si en el futuro hubiera una interrogante”. Manolo, indiferente a lo que pueda suceder, insiste en sus arrebatos, como un bolero: “¿Conoces esa vieja canción, ‘Contigo a la distancia’? Pues bien, amor mío, he estado cantándola desde que me separé de ti. ¡Qué bien dice lo que quiero decirte!: ‘¡No existe un momento del día en que pueda apartarme de tí, ya todo parece mentira, porque no estás junto a mí!”. No hay más bella melodía que estas palabras del corazón.)

Minerva a Manolo, en la más hermosa proclama de estas cartas: “…te pido que arreglemos nuestra casita antes de terminar mis estudios…No importa que no sea la casa amarilla frente al tribunal; qué importa que sea una humilde choza, yo la embelleceré con mis manos para ti. Será nuestro hogar y veremos crecer juntos las matas de gardenias y jazmines que tengo sembradas para adornarla, y sus flores te las mandaré al escritorio todos los días. Verás, amor, que no necesitaremos riquezas para ser felices. Yo prefiero mil veces la tranquilidad de espíritu y el amor”.

(La boda se celebró el 20 de noviembre de 1955, mientras llovía torrencialmente en Ojo de Agua aquella mañana de domingo. Las amigas le hicieron a Minerva una despedida de soltera en el restaurante Mario. Ella compró su vestido de novia en Casa Virginia. Los esponsales se celebraron en la iglesia San Juan Evangelista de Salcedo, en estricta intimidad familiar. Los nuevos esposos partieron al Hotel Montaña, de Jarabacoa, a disfrutar su luna de miel. Y Manolo pudo descansar por unos días, jubiloso, de las terribles migrañas que le persiguieron durante toda su vida).

El libro que recoge el epistolario entre Minerva Mirabal y Manolo Tavárez, no es solo un testimonio de amor que tiembla en las manos. Lo dice su lectora de excepción, Minou, “hija que busca en lo que lee una verdad que esté más allá de lo público, de la verdad que ahora pertenece a todos…Y me doy cuenta de que es aún más hermosa la historia que a partir de estas cartas queda por contarse, que la que ha dado fuerza a sus leyendas en tantos imaginarios”.

En una edición de extraordinario diseño, donde las cartas pueden tocarse, casi oler la piel de sus páginas y de los sobres que las contienen, el libro que recoge estas misivas -las que fueron salvadas y recuperadas porque otras muchas se perdieron en el tráfago de la perversidad política y humana- concluye con el último mensaje, de apenas once palabras, escrito por Manolo en un caracol que encontrara en la montaña y que enviara a su hija de apenas siete años, desde Las Manaclas, días antes de su muerte: “A mi pequeña Minou, como recuerdo de una gran experiencia. Manolo”.

A la memoria de doña Dedé Mirabal, en su último y mayor vuelo: el de la eternidad.

 

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