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“Novedades” cinematográficas

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Novedades_cinematograficas
DIARIO LIBRE / 11 DE ENERO DE 2014 / POR JOSÉ DEL CASTILLO

Ahora que el país emprende con vigor su ruta en la industria del cine, con órganos y legislación dedicados a su fomento, súper estudios como los levantados por el grupo Vicini en Juan Dolio y la proliferación de filmaciones a cargo de jóvenes realizadores y de otros más experimentados, conviene rescatar las noticias relativas a este fabuloso medio contenidas en la obra de Luis Alemar. Ubicadas a poco de que los hermanos Lumière -desarrolladores del cinematógrafo a partir del kinetoscopio de Edison- exhibieran en el Grand Café del Boulevard des Capucines sus primeros diez cortometrajes en aquel memorable 28 de diciembre de 1895. Con la presencia en el público del ilusionista Georges Méliès, quien devendría en un innovador del cine con sus efectos especiales y los fotogramas coloreados manualmente. Quien llevó en 1902 al celuloide el Viaje a la Luna de Julio Verne. Cuya historia ha sido recreada magistralmente en esa maravilla que es Hugo.

“El primer cinematógrafo fue traído a esta capital en 1900 por un señor italiano de apellido Greco. Lo instaló en el teatro La Republicana. Acudía un público muy numeroso a verlo. Entre las pocas películas que se exhibían las más notables eran el entierro del presidente Félix Faure, de Francia, una pelea de gallos en Caracas y un baile al aire libre en Maracaibo. Se exhibía los domingos y jueves. Al año siguiente unos pobres diablos trajeron un aparato que no entendían o no servía, pues la primera noche de su exhibición no pudo funcionar, por lo cual el numeroso público que colmaba La Republicana se enfureció y rompió el telón. Quiso hacer lo mismo con el aparato pero la policía se lo impidió. Los empresarios desaparecieron. Al día siguiente apareció uno escondido en un cuartucho del edificio y el otro debajo de una cama en un hotelito que había cerca del teatro. Ambos eran jamaiquinos.”

El Teatro La Republicana, en la calle Las Damas, fue una importantísima sala de espectáculos que acogió la presentación de obras teatrales, veladas líricas, conciertos, revistas de variedades, conferencias y recitales. Operaba en lo que antes fuera la iglesia de la orden de los Jesuitas, luego almacén de tabaco, recinto de oficinas públicas, hoy Panteón Nacional. Esa función de sociabilidad sana fue desplegada también por el Teatro Colón -ubicado detrás de la Casa de España, en la calle Padre Billini, sede actual del CODIA- que tenía entrada independiente por la Arzobispo Portes. Por el Teatro Independencia, el Capitolio y otras salas de grata recordación de la Ciudad Colonial como fueron el teatro cine Rialto -con sus tres hermosos niveles-, el Santomé, el Olimpia y más luego el Leonor. A los que habría que agregar, en los ensanches de la ciudad, los emblemáticos Julia, Max y Diana de Villa Francisca, Apolo en la Av. Mella, Elite en Gascue, Quisqueya-Paramount en San Carlos, Ramfis en la San Martín, entre otros.

“Antes del cinematógrafo el primer aparato de visión de figuras móviles que se conoció aquí -nos dice Alemar- fue el vistacopio. Lo trajo el prestidigitador Balabrega, a quien recuerdan todavía muchas personas. La única vista consistía en un hombre dormido que abría y cerraba la boca y un ratoncito que se le metía dentro de ésta después de haber estado dándole vueltas. Eso fue entre 1891 y 1892”. La fecha dada por Alemar es incorrecta, ya que antecede la aparición de esta tecnología, que se dio a conocer por sus desarrolladores en 1895 en una exhibición en Atlanta, adquirida luego su patente por Edison -que mantenía en el mercado el kinetoscopio- a fin de difundirla comercialmente como Vistacope. Desde entonces, una de las Edison’s Greatest Marvel, como reza un cartel promocional de 1896.

En América Latina la irradiación de estos medios de comunicación que catapultaban un nuevo arte -el séptimo se le llamaría popularmente al cine- que ha fraguado durante más de una centuria una cultura más universal y sus precedentes tecnológicos inmediatos, sería rápida. En el caso del Vistacope, conforme una ficha de Wikipedia -otra maravilla de la sociedad de la información- “el 13 de abril del año 1897, llegó al entonces colombiano Puerto de Colón la Compañía Universal de Variedades liderada por Balabrega, quien trajo consigo el vitascopio de Edison. El 14 de abril de 1897, se realizó la primera proyección pública de cine en Panamá. El espectáculo contó además con números de magia, bailarinas, tiro al blanco, etc. Y contó con buenas críticas por parte de los diarios locales, destacando la numerosa audiencia”.

A seguidas, se amplía la información: “El 19 de abril del mismo año, Balabrega llegó con su espectáculo a la Ciudad de Panamá. A pesar del mal funcionamiento del aparato proyector la concurrencia fue numerosa y quedó complacida, a pesar de que en esta época se vivía una gran depresión, debido a la epidemia de fiebre amarilla. Este fue también el motivo por el cual la Compañía abandonó el país antes de que se decretara la parálisis del tránsito a vapor a causa de dicha enfermedad”.

Conforme a esta fuente, a México llegó en 1895 el kinetoscopio de Edison y en agosto del siguiente año, se presentaron el vitascopio de Edison y el cinematográfo de los Lumière. “La primera proyección del vitascopio se realizó en el Teatro-Circo Orrin de la plazuela de Villamil. Las vistas que más impresionaron fueron Obreros herreros y La serpentina, ambas realizadas por Edison. Esta última causó más asombro al estar coloreada a mano fotograma por fotograma”.

En Colombia, se reporta, que en agosto de 1897 “se realizó en el Teatro Peralta de Bucaramanga, una presentación del vitascopio”, proyectándose títulos del repertorio de Edison. Días después, se hizo una función con el vitascopio en Cartagena de Indias, con buenas críticas de prensa. En septiembre un promotor de espectáculos presentó el vitascopio en el Teatro Municipal de Bogotá, “en donde se proyectaron cintas de los hermanos Lumière, mostrándole al público imágenes de todo el mundo”. Más tarde, a fines de 1897, “se instaló en Cartagena de Indias una nueva planta eléctrica, lo que permitió a los empresarios Salvador Negra y Pagés presentar el cinematógrafo de los hermanos Lumière, que inmediatamente obtuvo una gran aceptación y fue destacado como superior al vitascopio de Edison”.

En una crónica publicada en el diario La Opinión en marzo de 1945, Alemar nos completa los datos acerca de los antecedentes del cine en Santo Domingo. A propósito nos dice que “hemos hablado de los aparatos precursores del cinematógrafo, que se han exhibido en esta vieja ciudad de Santo Domingo, allá en aquellos sabrosones tiempos de Maricastaña. Sin embargo, dejamos de mencionar el Museo Cosmorámico Permanente, que trajo a esta capital, por allá por el año de 1893, un señor extranjero, que por cierto, se ‘bañó’ en plata, pues su espectáculo gustó bastante al público. Estaba instalado en la casa No.60 de la calle del Conde y sólo exhibía los sábados y domingos, ofreciendo preciosas panorámicas de todas partes del mundo, muchas en colores. Era giratorio y mientras se exhibía amenizaba el acto una musiquita ratonera de apaga y vámonos.”

Otra de las novedades registradas por el cronista Alemar para disfrute e ilustración de sus lectores, alude al fonógrafo, una pieza que se haría extremadamente popular y que alimentaría la sociabilidad danzaria y lírica de los dominicanos, en clubes sociales y hogares. Según este autor, “en 1895 se conoció por primera vez en esta capital el fonógrafo. Fue traído por don Rodolfo Hernández, vecino de Tamboril, quien lo instaló en la casa que forma la esquina sureste de las calles del Conde y Comercio (ahora Isabel la Católica). Los oyentes se sentaban alrededor del pequeño aparato y a cada uno se le ponía un auditivo. Estos consistían en unas culebrillas de goma que partían del fonógrafo y remataban en una especie de trompetilla de caucho. Cada audición costaba un medio (cinco centavos).”

Yo, que ya circulo en la ruta 66, me crié disfrutando el cinematógrafo hasta más no poder, gracias a la amplia oferta de salas de cine que tenía a mi disposición y la cartelera que se promovía en los diarios, con despliegue de los carteles publicitarios de las películas. Se podría decir que vivíamos el cine, sus películas, historias -aventuras, dramas, comedias- y personajes, que llegaron a convertirse en parte importante de nuestra cotidianidad. Como lo sería la vida misma de los actores y actrices, reseñada en revistas como Vanidades en la crónica de Gonzalo de Palacio y en las páginas de espectáculos de los diarios. Entre los muchachos, en el barrio, recreábamos las series que seguíamos cada domingo.

Pudimos asistir a cada innovación tecnológica que se registró en la evolución de este arte, expuesta ante nuestros ojos deslumbrados. No sólo nos tocó ver el cine sonoro en blanco y negro que se hizo desde finales de los 20 del siglo XX, la irrupción del color mediante el desarrollo del tecnicolor, el cinemascope que obligó al rediseño de las pantallas, los filmes en tercera dimensión con lentecitos plásticos, el sensurround que nos puso a temblar en las butacas. Nos nutrimos también del buen cine mudo, visto en funciones caseras, como las que organizábamos en el hogar de los hermanos Ricart Heredia, para disfrutar a Chaplin y a Buster Keaton.

Luego vino el cine de autor, la importancia de los directores, los italianos, los franceses, el Buñuel surrealista, cuyos filmes mexicanos habíamos visto hasta la saciedad en La Voz Dominicana, los grandes maestros anglosajones, la cultura del cine fórum. Los ciclos de los “otros cines” que desconocíamos, como el de los países socialistas europeos, cuando conocimos a maestros como Sergei Eisenstein y al joven Polanski. El nuevo cine latinoamericano, con los cubanos, brasileiros y argentinos a la cabeza.

Hoy mis nietos no se despegan de los videos juegos. Otro vive prendado de la tableta viendo muñequitos. Y los mellicitos que ya cumplirán un año, “hablan” por los celulares y gozan con el gatico genial.

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