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Anisito del Alma

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Dr. Anis Vidal Dauhajre

Dr. Anis Vidal Dauhajre

DIARIO LIBRE /  05 DE FEBRERO DE 2012 / CONVERSANDO CON EL TIEMPO / POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

Recorrido en la vieja guagua del Colegio Dominicano de La Salle, la sonajera 2/1 conducida por Vuelta Vuelta, luego en la más moderna 5/3, un School Bus reluciente capitaneado por el sagaz Trigo. El grupo más numeroso engrosaba los asientos en el parque de San Carlos, punto de encuentro para los isleños come arepa. Rodada abajo por la 16 de Agosto, se sumaban los Tamburini, Jana, López Garrido, Nadal, para luego girar a la izquierda por la Avenida Mella. Allí subían los hijos de la laboriosa colonia libanesa que pobló esa vía en las primeras décadas del pasado siglo: los Selman Hasbún, Selman Geara, Yeara Nasser, Nader, Alma, Licha, Mauad, Brinz, Decaran, así como los Vidal Dauhajre, Anisito, Wadhi y sus hermanos. Tomar la Meriño, llegar a la Arzobispo Portes, subir a Las Mercedes y directo por la Bolívar al colegio, no sin antes montar a Opinio Alvarez, Vicenzo Di Carlo, De Pool, Luis Rodrigo, Rafaelito Alburquerque, Augusto Feria y los profesores Cruz y Keller.

Corrían los años 50 bajo la Era. Camisa azul bien planchada, pantalón kaki almidonado, zapatos negros lustrados, correa de cuero negra, corte de pelo semanal con cerquillo, brillantina Glostora o Yadley para dar brillo y fijar el peinado, con división a un lado. Algunos, Eduardo incluido, cargaban un peinecillo en el bolsillo para volver a su lugar cualquier hebra salida de su sitio, esquivando en el trayecto los golpes de brisa que entraban por las ventanas. Cuatro viajes diarios, dos de ida, dos de vuelta, los cinco días de clases de la semana. Más el domingo misa en la Catedral Primada de América, con formación en la explanada frontal antes de ingresar en orden, todos trajeados de blanco y corbata azul -vestimenta que se modificaría al final de la Era para adoptar uniforme militar con chaqueta café y pantalón beige.

Mister Hodge -un moreno alto, pechudo y elegante procedente de las islas que era nuestro profesor de inglés- tocaba el órgano y Luis Frías Sandoval dirigía el coro, del cual yo formaba parte. Lo nuestro era entonces estudiar, practicar deportes -béisbol, baloncesto y pushing bag, una exclusividad lasallista que me fascinaba- y desfilar en procesiones o en la Avenida, ante “el ilustre Jefe”. Y claro, el play de La Normal, luego el Quisqueya, las playas de Güibia y Boca Chica (a veces Guayacanes, Juan Dolio y Palenque). Condear, pasear por el Malecón, jugar en el parque Ramfis y el Zoológico. Y más tarde disfrutar la Feria y su Coney Island. Algún faquir en Los Bomberos o el Olimpia en una cripta sobre lecho de clavos. Y mucho cine, paquitos y televisión. Coleccionar postalitas del álbum del Reino Animal, de los peloteros criollos o de ligas americanas. Portarnos bien y sacar buenas notas.

Compartí con Anisito ayudar a los mayores. El a su consagrado padre Anís, quien al igual que otros comerciantes libaneses, sirios y palestinos mantenía tienda bazar abierta en la avenida Mella y se ocupaba con esmero de impartir sus conocimientos generales y de idiomas a sus hijos, con tiza y pizarrón vespertinos. Un aporte laboral familiar que se hacía más necesario en las Navidades, cuando el establecimiento vendía juguetes demandados por la muchachada. En mi caso, ayudar significaba ir los sábados y en vacaciones de verano a la Farmacia Pasteur de mis tíos Bienvenido y Yuyú Pichardo Sardá, ubicada en la Pasteur frente al teatro Elite. Un delicioso y fructífero aprendizaje envasando en la trastienda vaselina, aspirinas en sobres, cápsulas de aceite de hígado de bacalao, litargirio y polvo talco, clasificando facturas de los pedidos a los laboratorios.

Anisito, como yo, no terminó el bachillerato en La Salle. Cada cual hizo su propio recorrido entre colegios católicos o laicos, centros de enseñanza evangélicos y liceos públicos, pasando ambos por la Normal Juan Pablo Duarte. Ingresamos a la universidad al mismo tiempo. Tras la revolución de abril y la ocupación norteamericana del 65 marché a Chile, para regresar al inicio del 71. Justo cuando Anisito, ya graduado en Medicina, aprobaba el Foreign (Test of English as a Foreign Language) y el Medical School Admission Test, exigidos por el sistema de enseñanza superior de Estados Unidos para iniciar su entrenamiento como internista y cardiólogo. New York y New Jersey serían su destino, ya casado con Norma Sainz, su compañera de vida con la cual procreó cuatro hermosas niñas. St. Clare’s Hospital, Ovelook Medical Center en Summit, New Jersey y Presbyterian Hospital de Columbia University en NYC. Lugar donde dominicanos eminentes, como Rafael Lantigua, han dejado su huella.

Nuestro reencuentro se produjo en los inicios de los 80, cuando regresó a Santo Domingo tras una década de fructífero ejercicio en Estados Unidos. Varios factores nos fueron hermanando. Compartir una amplia gama de amigos y redes familiares que a lo largo de tres décadas de vivencias comunes nos han hecho sentir miembros de una suerte de gran tribu solidaria. Sin proponérselo, él se fue convirtiendo en nuestro referente obligado, una especie de chamán sabio, dulce y generoso. Orientador eficaz dotado no sólo de sapiencia médica y penetrante ojo clínico, sino también de un don especial para auscultar el alma y proveer buenos consejos, más allá de los linderos de su especialidad.

Un punto de convergencia de muchas líneas vitales, de biografías diversas que se articulaban a su derredor. Banqueros prominentes, ingenieros ingeniosos, políticos de raza, economistas polemistas, obispos inspirados, empresarios estresados, caricaturistas geniales, consultores atribulados, bohemios atormentados, colegas médicos que confiaban en su buen tino, gente llana, parientes y referidos. Todos acudían a su consultorio donde oficiaba este gran ecualizador, efectivo sanador del cuerpo, perceptivo hasta penetrar con su mirada aguda y mansa las reconditeces del alma. Ejercicio que desempeñó con vocación absoluta de 24 horas sin descanso en fin de semana, en las clínicas Abel González de la Independencia y de la Lincoln, en Cardio Diagnóstico de Gascue. En los infinitos viajes acompañando a pacientes a Cleveland, Boston o New York. En la cátedra universitaria en la UNPHU donde prodigó conocimientos en los 80.

Desde su regreso de Estados Unidos, nuestro vínculo se hizo casi cotidiano. Tras la muerte de Orlando Martínez en 1975, Frank Rainieri me invitó a integrarme al Grupo de los Jueves que con tanto acierto ha liderado durante cuatro décadas. Una de las experiencias más gratificante y positiva en compañía de jóvenes profesionales y empresarios, casi todos viejos amigos. Allí también llegó Anisito a enriquecer con sus juicios este núcleo pensante, permaneciendo en él hasta su partida. Cantábrico, Reina de España, La Fromangerie de Plaza Criolla y Vesuvio del Malecón fueron hábitat gastronómico donde cada semana degustábamos la amistad sana, repasando el acontecer nacional e internacional, intercambiando ideas, fraguando esperanzas para un mejor destino de esta sociedad.

De esa inquietud surgió la iniciativa de algunos de los miembros del grupo de articular con otras personas de similares perspectivas el movimiento MODERNO. Un intento por renovar el liderazgo político nacional y oxigenar el debate público, construyendo una agenda centrada en temas nodales que destrabara la dinámica política de entonces dominada por el caudillismo mesiánico y las pugnas del personalismo pigmeo. En este orden Anisito batalló como el que más para remover obstáculos y tender puentes de avenencia, incursionando en esfuerzos de mediación entre el fraccionado liderato del PRD encabezado por Peña Gómez y Majluta.

Otros ámbitos amables nos unieron como un haz. Encuentros familiares en el hogar de don Juan Dauhajre y Antura, padres de Johnny y Mery, casada ésta con mi fraterno José Martínez, propiciadores de manjares árabes salidos del arte culinario de Antura. En casa generosa de Pedritín y Kitty, Manolito y Francis, José Alfredo y Salima -su hermana adorada-, Frank y Haydee, Rafael y Maybé, Maximito cumpleañero -donde desplegaba su destreza paellera junto a Tomasín y Marcelino-, en la suya en la que fraguaba cálidos convites. En villas en Casa de Campo o en mi casa en Jarabacoa, disfrutando merecido descanso. En las bodas de sus dos hijas Farah y Mariel y en las de los míos José Manuel y Laura. En las efemérides bancentralianas bajo Héctor y Frank. En 31’s que compartimos en Seasons o en el Country, donde solía jugar golf miércoles y sábados.

Contertulios casi diarios en peñas estacionadas en el Mesón de Bari -acogidos por Marisol y Cuqui-, Cantábrico con su barra concurrida, Boga Boga -cuyos platillos españoles apetecía-, en el ya legendario Punto y Corcho que nos obsequiara Franklin con ofertas musicales ensambladas por Carlitos. En Birdie Time y Cane, última morada de una peña que frecuentó y quiso, como las que articulaba con sus carnales médicos Jesús, Albertico, Cristóbal, Tito y Joaquín, o con sus compañeros de golf del Country. Coincidentes tantas veces en La Cadena, el Nacional de la Lope de Vega o la 27 y La Placita, donde gustaba avituallarse a prima noche de alimentos frescos para llevar al hogar.

Fue mi médico solícito, preocupado por cada ápice de mi salud, a tiro de llamada telefónica que siempre contestaba. Como lo fue de tantos otros hoy agradecidos. En los meses finales del 2011 una crisis bacteriana provocó mi internamiento. Anisito estuvo siempre a la cabeza. Condujo a un equipo de brillantes especialistas que logró sacarme del punto crítico. Quién diría -como me confesó en su lecho de convaleciente- que a pocos días le tocaría a él estar en cama. Él, quien tantas vidas salvó, con pericia casi mágica, atrapado por un mal inclemente que nos lo arrancó a velocidad pasmosa. Al hijo respetuoso y aplicado de Anís Felipe y Victoria, esposo cariñoso y padre consagrado. Familiar solidario. Dulce fraterno de talante sereno. Dador de bendiciones salutíferas en su sencillo consultorio. Con esa sonrisa amiga que nos llegaba al alma.

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