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Un monumento al Cacao, obra de Juan Trinidad

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POR MARIANNE DE TOLENTINO

Realizar y presentar obras de arte accesibles a todos permanentemente, en la calle y en edificios comunitarios, se reconoce como un medio idóneo para acercar la gente a la realidad de las artes plásticas, dentro de sus actividades diarias, sin tener que ir a un museo o una galería, o tener el privilegio de una colección.

Ahora bien, no es propósito nuestro abordar el tema del arte público, su necesario progreso y actualidad, sino citar en ejemplo la iniciativa del Ayuntamiento de San Francisco de Macorís y el recién inaugurado Monumento al Cacao. Lo encargó la sala capitular al escultor Juan Trinidad, y hoy se yergue, con sus nueve metros de altura, en la Plaza de los Mártires, a la entrada de la ciudad.

El artista y la obra.

En la escultura dominicana, sobresale Juan Trinidad, totalmente dedicado a la obra tridimensional, viviendo y trabajando en San Francisco de Macorís, a quien apreciamos especialmente por la talla directa en madera: trabajador incansable, él la practica con una convicción inquebrantable y admirable, contra viento y marea, exponiendo en  muestras personales y colectivas, nacionales e internacionales.

No podemos olvidar cuán feliz se manifestaba Juan Trinidad cuando él expuso en París, en la colectiva dominicana de la Alianza Francesa. A cada paso parisino, él se detenía deslumbrado para mirar y disfrutar los edificios, su arquitectura, sus molduras, pero sobre todo los monumentos, enamorado de la Plaza de la Concordia y su Obelisco.

Él soñaba con realizar un monumento, diseñarlo, construirlo en su país. Ese día ha llegado: Juan Trinidad es el autor del Monumento al Cacao en San Francisco de Macorís, de algún modo su obelisco…

A decir verdad, si el artista se siente orgulloso y feliz, se experimenta una satisfacción recíproca ante esa portentosa obra escultórica de bronce de Juan Trinidad,  un heredero de las enseñanzas del maestro Antonio Prats-Ventós. Pues la escultura de Juan Trinidad pertenece a lo que se considera tradición dominicana e identidad afro-antillana.

Si la orientación del artista no cambia  y siguen descollando en su obra las tallas totémicas en roble y en caoba centenaria, él domina también otros materiales, particularmente el bronce. Lo demuestra este impresionante homenaje a la provincia Duarte, a su riqueza agrícola principal, y a sus figuras heroicas, incluyendo a los productores y los trabajadores del cacao.

Juan Trinidad es, sin pretensiones de serlo, un pensador en el arte. Él reflexiona acerca de los reinos de la naturaleza, de la condición humana y sus valores morales, de los misterios de la creación, labrando rostros introspectivos entre formas y volúmenes geométricos. Ahora bien, vemos cómo él se puede  interesar igualmente por una transmutación de la realidad anatómica y emitir un mensaje. Aquí recordamos una afirmación de Brancusi: “No es solo la forma exterior que es real, sino la esencia de las cosas. Partiendo de esta verdad, es imposible expresar algo real imitando la superficie de las cosas”.

Este “autorretrato” singular nos recuerda en intenciones al famoso pulgar gigante del  gran escultor francés César –que el artista dominicano desconoce–, dedo emblemático exhibido en plazas francesas. Está integrado dentro de una estructura abstracta imponente, base realizada por el propio Juan Trinidad, cambiando el diseño original de las sempiternas bases de nuestras esculturas públicas. Como en  todas sus esculturas, el artista concibe, combina y  articula la abstracción. La meditación, la esperanza, el ideal se inscriben en una imagen tridimensional  que expresa sabiduría interior y fe, voluntad y poder, poniendo en alto los recursos y riquezas naturales y humanos, de su tierra.

Zoom

El artista

Trinidad no se limita a una arquitectura externa,  representando la mazorca del cacao, sostenida por una mano, sino que la glorifica metafóricamente como especie natural y patrimonio de una región, sino también símbolo de fertilidad y don divino. Este  conjunto escultórico monumental culmina, pues, en una síntesis, generosa en ritmos y modulaciones, de superficie a la vez brillante y mate, impecablemente patinada y con variaciones tonales. La figura se relaciona con la expresión directa y la reproducción moldeada de la mano del artista y su antebrazo,  sosteniendo real y alegóricamente la fruta del cacao.

PUBLICADO EN: HOY / 23 DE DICIEMBRE DE 2011

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