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Montesino, Bartolomé de las Casas y Vitoria

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LISTÍN DIARIO / 17 DICIEMBRE 2011 / POR FRANCISCO JOSÉ ARNAIZ S.J.

PENSAMIENTO Y VIDA

Todos los años al entrar en diciembre nos acordamos de Montesino. Este año lo hacemos de modo singular al celebrar quinientos años de su sermón.

Aquel sermón tuvo una repercusión inesperada.

Una de las contradicciones más urticantes de nuestra generación es la de una proclamación tan vocinglera de los derechos humanos y al mismo tiempo una conculcación de ellos tan hiriente y repetida.

El fenómeno es de tal magnitud que sería ridículo y superficial reducirlo a simple debilidad humana. Hay algo mucho más hondo que debe ser analizado y eso es la fundamentación de tales derechos.

Para su reclamación hoy se acude a las proclamaciones hechas por la ONU en su Carta Magna de 1945 y en su Declaración Universal de 1948, reforzadas más tarde por el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y por la Declaración de los Derechos del Niño en1959 y la Declaración sobre la Discriminación de la Mujer en 1967.

Precursores de tales declaraciones fueron explícitamente la Magna Carta libertatum de 1215 de Juan sin tierra, el Decreto de Alfonso IX en las Cortes de León en 88, la Constitución de Ávila en 1521 y el Ius gentium de Francisco de Vitoria, las doctrinas del racionalismo ilustrado en los siglos XVII y XVIII, la Petition of rights de 1628 de los ingleses y su declaration of rights de 1689. Pero no obstante todo esto, hay que esperar a la edad moderna para contar con específicas declaraciones de los Derechos Humanos como fundamentadoras de la estructura política y jurídica de la sociedad que es el genuino sentido delas declaraciones de la ONU.

La primera declaración en este sentido es la de la Independencia de los Estados Unidos (1776) que da por supuesto ciertos derechos inalienables.

La segunda del mismo año es el Bill of rights de Virginia. En ella aparece por primera vez un catálogo concreto de derechos del hombre y del ciudadano. Con Virginia otros estados hacen también su declaración de derechos humanos. Subyace filosóficamente a esta declaración el empirismo de Locke y el iusnaturalismo protestante de los siglos XVII y el politicismo de Montesquieu.

La tercera es la Declaración Universal de los derechos del hombre y del ciudadano en 1793 de la Asamblea Constituyente francesa. Subyacen a ella los grandes postulados del liberalismo y su influjo es inmenso durante el siglo XIX en todo el occidente. Inspira profundamente todas las declaraciones de los derechos fundamentales en las constituciones liberales de muchos países a lo largo de todo ese siglo y aún coexiste con las normas de gobierno de regímenes totalitarios. Poco antes de la Carta de la ONU se produjo en 1944 la Declaración de Filadelfia.

Es evidente que todas estas declaraciones no son psicológicamente otra cosa que la expresión de una conciencia progresiva de las exigencias de la dignidad humana que se manifiesta en forma de conciencia creciente de la libertad social y civil, ya que en su configuración pesó más lo político, lo social y lo económico que lo ético.

De un período individualista se pasó social y políticamente a un período burgués y de un período burgués a un período marxista totalitario y de un período marxista a un período social democrático.

De este modo las Declaraciones de los Derechos no pasan de ser simplemente una mera formulación de una experiencia vaga humana o solo una explicitación de una conciencia humana cada vez mayor de los derechos y deberes inherentes a la persona, o un compromiso comunitario en orden a conseguir un ordenamiento concreto de la sociedad. Sin más trasfondo ni fundamentación mayor los derechos humanos son manejados como simples medios para conseguir la paz, la justicia, el bienestar, o para asegurar el desarrollo de relaciones amistosas y de cooperación dentro de los Estados y entre ellos.

Su situación en este caso es precaria pues no trasciende la subjetividad, los derechos no tienen consistencia en sí mismos sino que dependen de otros factores ajenos a ellos. Esto supuesto un elemento clave es saber cuál es el verdadero fundamento de los derechos humanos.

Por otro lado aquí está el valor mayor del Sermón de Montesino y de las disquisiciones y reivindicaciones de fray Bartolomé de las Casas y su gran aportación.

No es fácil dadas las divergencias en esto.

Mientras que la Escuela Jurídica Positivista defiende que la única fuente de los derechos es el Estado (los regímenes totalitarios) o la autoridad civil (Hobbes y Bentham) o un pacto expreso o tácito (Rousseau) o simplemente la ley civil o costumbre (Savigny; Stahl, la Escuela Histórica) todos los movimientos humanistas con la Iglesia a la cabeza sostienen que la verdadera fuente de tales derechos es la dignidad innata y connatural de la persona que todos, incluido el Estado deben respetar.

Según esto, por debajo de la categoría jurídica y como fundamento de ella está su realidad ética y el mundo de los valores, referencia obligada de todo derecho que pretenda ser justo, ajustado a la realidad objetiva. De este modo los derechos humanos no son simplemente normas consensuadas sino normas que encarnan un valor ético ineludible.

El éxito y repercusión histórica del sermón de Montesino es precisamente haber reivindicado la dimensión ética de los derechos humanos. ¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras, mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis cometido?¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades que de los excesivos trabajos que les dáis, incurren y se os mueren y por mejor decir los matáis por sacar y adquirir oro cada día?¿Y qué cuidado tenéis de quien los adoctrine y conozcan a su Dios y creador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?¿Estos no son hombres?¿No tienen ánimas racionales?¿No sóis obligados a amallos como a vosotros mismos? Consciente Montesinos que sus oyentes eran creyentes, cristianos, los amonesta desde la antropología y desde la Teología.

En el segundo viaje de Colón vinieron con el almirante de la mar océana el padre y un tío de Bartolomé de las Casas, pero muy pronto volvieron a España dejando aquí sus propiedades. En 1502 se embarca hacia la Española Bartolomé de las Casas, un muchacho de 18 años, a hacerse cargo de las propiedades de su padre y su tío. Era ya un laureado en filosofía y teología por la Universidad de Salamanca. Fue minero, colono y encomendero.

El 21 de diciembre de 1511 asistió al Sermón de Montesino y esto le cambió el rumbo de su vida y pronto decidió integrarse plenamente a los dominicos.

Emotivo como buen sevillano que era asumió con ardor y pasión el planteamiento de Montesinos, lo ahondó y amplió y decidió no cejar hasta conseguir cambiar las leyes de Indias, objetivo que consiguió. Y no lo restringió a solo nuestra Isla sino que lo extendió a toda la presencia de los españoles en estas latitudes.

En 1515 fray Bartolomé y Fray Antón de Montesino viajaron a España para presentar sus denuncias a los Reyes Católicos. Lo hicieron el 23 de diciembre.

Al morir el Rey en 1516 lo hicieron también ante el cardenal Cisneros. Bartolomé pensaba viajar a Flandes donde estaba Carlos V pero el cardenal Cisneros lo disuadió comprometiéndose a dar cumplimiento a sus deseos y trasmitirle a Carlos V sus quejas. Aceptó gustoso tener un cara a cara con Ginés Sepúlveda, adversario suyo ante una cohorte de teólogos de Salamanca que era la crema de la intelectualidad del momento. Globalizando las tesis de Montesino, fray Bartolomé defendía aguerridamente el derecho a la libertad (todos los hombres son iguales y comparten la misma naturaleza racional. Dios no hizo a un hombre esclavo de otro sino que a todos concedió idéntico arbitrio), derecho a vivir en sociedad (el derecho a la libertad se contrapesa con la necesidad y derecho de vivir en sociedad), el derecho a tener gobernantes justos y elegidos libremente (el hombre tiene derecho a tener gobernantes y ser gobernados con justicia), el derecho a libertad de pensamiento y de creencias, el derecho a evangelizar y a comunicar bienes y trasmitir cultura, y derecho natural, derecho de gentes y derecho positivo. En sus muchos viajes y estadías en España y en concreto en el Convento de San Esteban, fray Bartolomé consiguió involucrar en su cruzada a Francisco de Vitoria, eminente catedrático de la Universidad. La huella de fray Bartolomé de las Casas y de Montesino quedó indeleble en sus famosas Lectiones de Indis o Lecciones Magisteriales sobre los problemas de estas latitudes.

Sorprende la verticalidad con que establece y proclama que los indios, antes de la llegada de los españoles, eran legítimos señores de sus cosas públicas y privadas.

“De aquí –dice Vitoria– es desde donde se debe partir. Y el gran cuestionamiento para él es qué razones podrían encontrarse para legitimar la obra conquistadora.

Escolástico fino tenía obsesión por la claridad y lo primero que propuso fue los títulos ilegítimos que no pueden ser aceptados. Lo sorprendente es que esos títulos eran lo que más se esgrimían. Siete títulos rechaza Vitoria: la autoridad universal del Emperador; la autoridad universal temporal del Romano Pontífice; el derecho de hallazgo; el rechazo de la evangelización; los pecados de los indios; la adquisición por contrato voluntario; la apropiación por ordenación divina.

Con toda justicia Vitoria ha sido declarado como iniciador y padre del derecho internacional pero en el trasfondo de su persona están nítidamente Fray Bartolomé de las Casas y nuestro Montesino.

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