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Un testamento de 1825

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Un_testamento_de_1825DIARIO LIBRE / 16 DE ABRIL DE 2011 / HISTORIA Y MEMORIA POR FRANK MOYA PONS

De entre los numerosos documentos inéditos con que he venido trabajando recientemente para ampliar mi obra acerca de la Dominación Haitiana (1822-1844), publicada hace casi cuarenta años, he seleccionado el siguiente testamento para ofrecer una pequeñísima muestra a los lectores de un aspecto poco estudiado de la vida cotidiana del pueblo dominicano en la primera mitad del siglo XIX.

Este testamento revela detalles acerca de la catolicidad tradicional de las familias dominicanas y muestra, asimismo, el cuidado que las personas tenían en asegurar legalmente la continuidad de las posesiones familiares evitando conflictos sucesorales.

Este documento confirma que en la parte dominicana de la isla la propiedad de la tierra estaba basada el sistema de los llamados terrenos comuneros que se venían o traspasaban por medio de los llamados “pesos de tierra”, unidad de valor ésta que tenía inequívocas referencias territoriales entre los dominicanos.

Queda evidenciado también, el cuidado que tenían algunas familias en deslindar claramente los aportes que cada cónyuge hacia al patrimonio familiar, particularmente cuando las uniones se realizaban en segundas nupcias.

La historia se construye a partir de la lectura y análisis de documentos. Invito a los lectores a aventurarse en la comprensión de este testamento y a sacar sus propias conclusiones del mismo.

Libertad Igualdad

República de Haití

En el nombre de Dios Todopoderoso

Sépase que yo Rosa López, vecina de esta común de la Vega, hija legítima de Alejandro López y de Feliciana Bautista. Enferma en cama, pero en mi entero juicio, memoria y entendimiento natural, creyendo como firmemente creo en el misterio de la Santísima Trinidad; Padre, hijo y Espíritu Santo, tres personas diferentes y un solo Dios verdadero y en todo lo demás que cree y confiesa ante la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, reinada y gobernada por el Espíritu Santo, bajo cuya fe y creencia he vivido y moriré, pero temiendo de la muerte que es natural y deseando salvar mi alma ordeno mi testamento en la forma siguiente:

Primeramente mando y encomiendo mi alma a Dios nuestro Señor que la crió y redimió con el inestimable precio de su sangre y suplico a su majestad la lleve consigo a su gloria por donde fue creada y el cuerpo lo mandó a la tierra de que fui formado para que en ella se convierta.
Mando que cuando la voluntad de Dios fuese servido de llevarme de esta presente vida, mi cuerpo sea sepultado en el cementerio amortajada de blanco y el entierro solo de cortos seis pesos y mi cuerpo presente el día de mi entierro, si fuese hora y si no otro siguiente. Dejo cincuenta pesos de tierra en los callejones, un caballo rucio, dos vacas una azul y otra prieta, todo lo que fallecida yo, quiero que se venda y se invierta su valor en misas por las ánimas benditas del purgatorio.

Declaro que mi hermano Franco López debía a Bartolo Medina diez pesos, los cuales me obligué yo a pagarlos y quiero que así sea, a cuyo efecto dejo una mancuernita de reses en Maimón, lo que se venderá y pagados que sean dichos diez pesos lo que sobrase de esas reses se repartirá a los pobres.

Declaro que mi difunta madre Feliciana Bautista estaba a cargo de un tributo de valor de cincuenta pesos pertenecientes a la escuela pública de esta ciudad, a cuyo tributo había hipotecado su casa que era entablada, y veinte y cinco pesos de tierra en el paraje de los callejones que después del fallecimiento de mi madre quedé yo a cargo del referido tributo y mi cuñado Juan García que es el que lo posee últimamente, lo cual declaro para que conste.

Declaro que en el año mil ochocientos ocho, otorgué un vale al ciudadano Agustín Franco de cincuenta pesos, lo que debía pagarle en seis meses, pero dicho vale fue para redimir por mí el tributo de que hago mención arriba, lo que nunca llegó a verificar, aunque de ello me dio reconocimiento y por esta razón nada debo al otro, Franco, lo que declaro para que conste.

Dejo a mi hermana María José doce pesos de tierra en los callejones, una vaca parida, una puerca y de mis prendas un rosario con diez y seis cuentas de oro chiquitas y una medalla. A mi otra hermana, Petronila, le dejo también doce pesos de tierra en el mismo paraje, una novilla y un becerro y una puerca y una guillotina de oro.

A mi sobrina Seferina Caraballo le dejo cuatro pesos de tierra en los callejones y una becerra. A Franco Caraballo cuatro pesos de tierra y una res que ya tiene recibida. A María López cuatro pesos de tierra y una puerca que tiene cuidando de mi propiedad.

A mi sobrina Ramona Caraballo le tengo ya dadas varias cosas, sin embargo se le darán de mis bienes cinco pesos con los que queda apartada. A Juana, mi doméstica mando un becerro, un buey y cinco pesos de tierra en los callejones, en remuneración de los buenos servicios que me ha hecho.

Mando a Ciprián López cinco pesos de tierra, un caballo melado gacho, una becerra, la mitad de la labranza y una puerca con diez marranos, además tres pesos y medio de tierra que compró a Seferina Caraballo. Y la otra mitad de la labranza la gozarán mis hermanas y sobrinos.

Mando a Antonio Caraballo siete pesos y medio de tierra en los callejones, los mismos que hube cuatro de su difunta madre María López y los tres y medio de Franco Caraballo y una res hembra.

Declaro que debo una promesa a Nuestra Señora de la Altagracia de ir a visitarla a su santuario en Higuey con una botella de aceite y una libra de cera, encargo a mis albaceas que si yo falleciere sin cumplirla lo hagan ellos por mí.

Declaro que fui casada y velada según los ritos de nuestra señora madre Iglesia, en primeras nupcias con Melchor Holguín, de cuyo matrimonio procreamos dos hijos, que ambos han muerto; y en segundas nupcias con Gabriel Patiño de cuyo matrimonio no hemos procreado hijo ninguno, habiendo llevado a este segundo matrimonio una yegua de valor, un caballo también de valor, una potranca y otra yegua, algunas reses y un numero corto de puercos, de los que no hay múltiplos, lo que declaro para que conste. Además aporté al matrimonio cien pesos de tierra en los callejones constante de escritura.

Declaro que a mi marido no se le tome cuenta de nada de lo que el administraba mío. Sin embargo de que nada le vean en razón de cuido, pues le tengo satisfecho. Mando a Cleta, la hija de mi doméstica Juana, un collar con once cuentas de oro amelonadas.

Y nombro por mis albaceas testamentarios a Juan García y a Nicolás Suriel, vecinos de esta común, a los cuales y a cada uno individualmente doy poder que le requieren para que de lo más bien parado de mis bienes vendan lo que basta para cumplirla y paguen la mandado y legado de este testamento sobre que les encargo la conciencia y lo que abarca, valga como si yo lo otorgase.

Y cumplido y pagado este mi testamento en el remanente de mis bienes, derechos y acciones que me pertenecen nombro por mis legítimos y universales herederos a mis hermanas María y Petronila López porque las hayan y hereden igualmente con la bendición de Dios y la mía. Y revoco y anulo cualquier testamento que antes de este haya hecho por escrito o de palabra o de cualquier otro modo, para que no valgan ni hagan fe.

Salvo este que otorgo como mi última voluntad por la vía y forma que mejor haga lugar en derecho en cuyo testimonio lo otorgo en la Vega el día veinte y tres de noviembre de mil ochocientos veinte y cinco. Siendo testigos Manuel Concepción, Juan Rodríguez, Florencio Beller, y no firmó porque dijo no saber.

Ante mí

José Ramón del Orbe
Notario Público

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