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Santo Domingo en el tiempo

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DIARIO LIBRE / 8 DE ENERO DE 2011 / HISTORIA Y MEMORIA POR FRANK MOYA PONS

Comenzó como una aldea con casas de paja en la orilla oriental del río Ozama porque debajo de ella, en el barranco del río, surgía una vena de agua potable. La del río era salobre.

Pocos años después, en 1502, la mudaron hacia el lado occidental donde había otro surgidero de agua dulce del cual se abastecían los habitantes de una aldea taína. Justificaron la mudanza diciendo que a partir de entonces la ciudad quedaría del lado de las minas y de los pueblos fundados en el interior de la isla.

Las minas de oro financiaron su conversión en ciudad de veras, con calles anchas y rectas, edificios de piedra y mampostería, casas con amplios patios interiores. Dicen que fue trazada a cordel y que fue la primera ciudad rectangular de América.

En realidad, tenía forma de trapecio y en sus primeros cincuenta años no tenía murallas ni acueducto, aun cuando se trazaron planes para construir uno que llevara agua desde el río Haina hasta un gran aljibe en la plaza mayor, frente a la Catedral.

Tomó varias décadas construir éste y los demás templos y conventos de la ciudad. Esos edificios consumieron muchas vidas de esclavos indios y negros. Su construcción se pagó con diezmos de oro, azúcar, reses y jengibre.

En algunos de esos conventos vivieron filósofos, latinistas, teólogos y escritores (Tirso de Molina, entre ellos), y hubo quienes aprovecharon esa presencia para establecer colegios superiores que más tarde fueron llamados universidades.

Le llamaron, exagerando muchísimo la nota, “Atenas del Nuevo Mundo”. En realidad, poco tenía de ateniense aquel conglomerado de casas ruinosas y arruinadas habitadas por gente muy inculta que no podía salir de la isla porque no tenía medios para pagar su emigración.
Su ruina fue mayor después de la invasión del corsario inglés Francis Drake en 1586. Éste y sus soldados quemaron todos los archivos, se llevaron todas las campanas y cañones, saquearon todas las casas, y lo que no pudieron llevarse lo sometieron al imperio del fuego tratando de reducir a cenizas toda la ciudad.

Su tamaño la salvó de ser completamente devastada pues los ingleses se cansaron de estropearla y la desocuparon sin acabar su esfuerzo destructivo, pero a partir de entonces languideció aún más quedando convertida en la capital colonial más pobre de América.
Durante todo el siglo XVII las costumbres de sus vecinos se transformaron por obra de la miseria. La gente dejó de comer pan y tuvo que acostumbrarse al plátano, la yuca y el casabe. La dieta española desapareció y en su lugar aparecieron platos criollos, como el sancocho, el plátano amarillo al caldero y los tostones fritos que acompañaban versiones tropicales de los embutidos europeos, como la longaniza y la morcilla. El aguardiente de caña envejecido, el ron, reemplazó al vino que dejó de venir de España.

Los vestidos completos casi desaparecieron pues los pobladores no tenían con qué importar telas o prendas de vestir. El comercio con el exterior se paralizaba por años enteros. De once llamadas tiendas que había en la ciudad en 1680, ninguna tenía suficiente mercancías para vestir más de diez personas.

Resultado: Casi todo el mundo vestía harapos y a todos les daba vergüenza ser vistos semidesnudos y harapientos. En consecuencia, las calles se veían casi desiertas, y la gente se acostumbró a salir de noche para esconder sus desnudeces. Hasta la Iglesia cambió sus horarios y mudó la celebración de sus misas a las horas sin sol.

En el siglo XVIII la ciudad comenzó a recuperarse. El desarrollo de la colonia francesa en la parte occidental de la isla creó una creciente demanda de ganado que ayudó a salir de la pobreza a numerosos hacendados y ganaderos que antes mataban sus animales para aprovechar solamente sus pieles.

Ahora podían vender su ganado en pie en la parte francesa. También podían los vecinos comerciar más liberalmente con sus vecinos franceses y con otros mercaderes establecidos en las Antillas holandesas.

En la segunda mitad de ese siglo se notaban claramente los cambios pues la colonia española también había logrado recuperarse demográficamente. La ciudad entonces volvió a ver crecer su población. Las casas volvieron a ser habitadas y reparadas, y algunos construyeron nuevas viviendas.

En 1780 las zonas construidas apenas llegaban a la hoy llamada calle Sánchez. De ahí hasta las murallas occidentales quedaba un terreno baldío dedicado a guardar los animales de monta y tiro durante la noche.

La pobreza era todavía la marca más visible en la población, pero al menos funcionaban los hospitales de pobres, los conventos tenían frailes y monjas de vida austera, la universidad recibía y graduaba estudiantes, las milicias cuidaban la seguridad del vecindario, la Real Audiencia zanjaba pleitos que le llegaban de las colonias vecinas, en fin, se notaba un cambio progresivo en relación con la miseria general del siglo anterior.

Ese soplo de aparente bienestar duró muy poco porque en 1791 los esclavos de la parte francesa se levantaron contra sus amos blancos y en cuestión de catorce años destruyeron la más rica colonia de Francia, Saint-Domingue.

Las primeras víctimas del levantamiento de los esclavos fueron los ingenios azucareros construidos recientemente en los alrededores de la ciudad. A la ruina de los ingenios (el mayor de ellos fue quemado en 1794) siguió la emigración de los hacendados más pudientes.
La cesión a Francia de la parte oriental de la isla en 1795 agravó la situación pues miles de personas prefirieron emigrar a Venezuela, Cuba y España antes que quedarse a vivir en medio de una conflagración social como era la Revolución Haitiana.

De la ciudad, así como de los pueblos del interior, emigró todo el que pudo. La emigración aumentó luego de la ocupación del poblado por tropas negras al mando de Toussaint Louverture, en enero de 1801. El éxodo fue todavía mayor durante y después de la invasión de Jean Jacques Dessalines, quien le puso cerco durante tres semanas, en marzo de 1805.

Los emigrantes se llevaron consigo los pocos bienes culturales habían podido amasar durante el siglo anterior. Entre ellos pueden contarse el único piano existente en aquellos años que, por cierto, fue el primero que llegó a Cuba.

Los españoles recuperaron su colonia en 1809, después de siete años de ocupación francesa, pero no pudieron restaurar su economía ni su planta física. En aquellos días la decadencia y el aspecto ruinoso de la ciudad eran los rasgos más notables que observaban los que llegaban a ella desde el exterior.

Durante la dominación haitiana de 1822 a 1844 la ciudad decayó aún más. Las calles eran polvorientas en tiempos secos y se llenaban de lodo en tiempos de lluvia. Estas vías estaban siempre malolientes por la basura que la gente tiraba en ellas desde las casas. Un viajero llegó a observar que las calles no las limpiaba nadie pues todos esperaban que las lluvias hicieran esa tarea.

Tampoco cambió mucho su aspecto en los primeros años de la República. Ocho años después de proclamada la independencia nacional la ciudad tenía un rostro de casas corroídas, calles de tierra con profundos surcos llenos de basura y estiércol, ruinas de antiguos templos destruidos por terremotos y saqueados por las autoridades haitianas, lianas colgando por las paredes y raíces penetrando los techos de las viviendas.

Impresionaba a los viajeros, eso sí, la sólida compactación de las viviendas, pegadas unas a las otras, sin espacios intermedios, con gruesas puertas de madera y ventanales enrejados arriba y abajo. Nada de pintura, sólo mugre. Al decir de un testigo, el musgo y la mugre eran la pintura de los exteriores y los interiores de las viviendas y edificios públicos.

En ese estado llegó la ciudad a 1880. De esa época es el poema “Ruinas” de Salomé Ureña de Henríquez. Su hijo Pedro, nacido en 1884, dejó un par de retratos idealizados de la ciudad como un centro de población hispánica en medio de un archipiélago de islas azucareras de mayoría africana o descendiente de africanos.

Pedro Henríquez Ureña veía por doquier los rasgos de una cultura hispánica y católica, y la ciudad no le parecía tener nada de africano, pero sí lo tenía. Desde hacía más de dos siglos la mayoría de la población era negra o mulata. Los blancos eran muy pocos.

Rodeada de una numerosa población que habita todavía en un gran arco geográfico en donde estuvieron instalados los ingenios coloniales, la ciudad ennegrecía paulatinamente bajo una élite de piel más clara que se consideraba blanca y, en su defecto, “india”. Negra, jamás.
Negros eran los haitianos y los cocolos que venían a trabajar en los modernos centrales azucareros, varios de los cuales fueron construidos alrededor de la ciudad. Negros también eran los vecinos: los morenos de San Cristóbal, Nigua, Haina, Engombe, Bayona, Perantuén, así como los congos de Villa Mella.

La élite capitaleña no se sentía cerca de estos negros y, sin embargo, lo estaba. Tanto por geografía como por parentesco y ascendencia. Por ello combinaba su discurso cultural con políticas de blanqueamiento epidérmico expresadas a través de una legislación que promovía la inmigración de personas de raza caucásica.

La ciudad entró al siglo XX con la decisión de parecerse a una ciudad europea, como ya lo hacían Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro, que recibían millones de inmigrantes españoles, italianos y alemanes. Pero el país todavía era muy pobre y para entonces había caído bajo la órbita económica, política y militar de los Estados Unidos.

Además de los europeos que llegaron en las primeras tres décadas de ese siglo, también vinieron muchos norteamericanos y puertorriqueños. Ya antes había comenzado la inmigración de sirios, libaneses, palestinos, chinos, canarios y catalanes, gallegos y asturianos, así como de algunos judíos curazoleños.

Para 1929 la antigua ciudad colonial había adquirido un tinte cosmopolita. Medio siglo de crecimiento económico, gracias al desarrollo de la industria azucarera y la apertura de grandes plantaciones, favoreció la renovación de su planta física y aparecieron entonces algunos edificios de estilo modernista y varios pisos, fabricados en concreto armado.

Las antiguas casas coloniales mejoraron de aspecto. Sus dueños repararon sus techos, pisos, puertas y ventanas, mientras una nueva ciudad crecía en la periferia de las antiguas murallas.
Ciudad Nueva se le llamó a la barriada que creció afuera de la muralla occidental. Villa Francisca, Galindo y Borojol fueron los primeros barrios populares y de artesanos que crecieron afuera de las murallas del lado norte, haciendo compañía al antiguo poblado de San Carlos que comenzó a albergar isleños de las Canarias desde finales del siglo XVII.

Estas nuevas barriadas, así como muchas de las viviendas y edificios construidos en esos últimos cincuenta años eran de madera con techo de yagua o de hojas de hierro galvanizado y láminas de zinc.

Para 1930 su población ascendía a unos 50,000 habitantes, la mayoría de los cuales vivían en estas nuevas edificaciones. El 3 de septiembre de ese año esa ciudad de madera fue arrasada por un poderoso huracán, el Ciclón de San Zenón, que la destruyó totalmente dejando detrás una secuela de 4,000 muertos y 19,000 heridos.

La antigua ciudad colonial, de piedra y mampostería, resistió este huracán como había resistido muchos otros durante los 428 años anteriores, pero la ciudad de madera tuvo que comenzar de nuevo, justo al mismo tiempo en que la República Dominicana inauguraba un nuevo gobierno que duraría 31 años.

Santo Domingo, la capital de la República, fue enteramente reconstruida y transformada por aquel régimen de fuerza que utilizó su reconstrucción como símbolo de la reconstrucción nacional, del nacimiento de una patria nueva.

A partir de entonces, Santo Domingo ya fue otra cosa. Hasta su nombre le cambiaron en 1936 y le pusieron Ciudad Trujillo en homenaje al gobernante de entonces. Otra ciudad, otra historia, otro paisaje, otro discurso.

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