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El Siglo XVII y el ethos criollo

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HOY /  9 DE OCTUBRE DE 2010 / POR DIÓGENES CÉSPEDES

CRÍTICA
Entiendo por ‘ethos’ criollo un pensar la especificidad cultural, histórica, literaria y política a partir de los intereses de los sujetos nacidos en la isla Española y no en los de la Península, con lo cual dicho pensamiento inicia el proceso de concienciación que culminará con la efímera independencia de Núñez de Cáceres en 1821 y finalmente con la separación de Haití en 1844.

Por eso el entremés de Llerena y su autor mismo, así como el pensamiento del obispo Fernando de Carvajal y Rivera que abogada por la libertad de comercio de la isla en 1692 en contra del monopolio de la Casa de Contratación de Sevilla y los potentados del Consejo de Indias, forman, ambos discursos, el literario y el político, un sentimiento de pertenencia de los criollos o nacidos en la Española de padres peninsulares. Y la lucha de otra categoría de criollos –los mulatos- por acceder a los puestos burocráticos de la colonia presionará para que surja un pensamiento que se diferenciará del regalismo ortodoxo de las autoridades peninsulares aposentadas en la isla, así como de los peninsulares que como comerciantes apoyaban el sistema colonial.

Cierto es que el declive económico de la Española a partir de 1570, que se profundizará irreversiblemente con las devastaciones de Osorio en 1605-06, obligará a emigrar a Cuba, Puerto Rico y en especial a Tierra Firme a quienquiera que tuviera intereses económicos que salvar. Esta emigración, mortal para el poder colonial en la isla, ayudó sin embargo a los mulatos a ocupar poco a poco y durante un largo proceso, los puestos importantes en cuanto se refiere a la burocracia eclesiástica y educativa y al manejo de la pluma.

Esta situación explica que un mulato, antiguo esclavo liberado por su amo, llegara a ocupar, por su preparación y talento, el cargo de capellán de la Fortaleza, predicador sin par y educador de niños. Se trata de Tomás Rodríguez de Sosa, cuya fecha de nacimiento y muerte habría que investigar. Debió nacer a finales de 1500, pues según la historia literaria de Néstor Contín Aybar en 1622 ocupaba dicho puesto de capellán.

También  en ese siglo XVII se distinguieron dos criollos: Luis Gerónimo de Alcocer (1598-1664), autor de “Relación sumaria del estado presente de la isla Española en las Indias Occidentales, de sus poblaciones y cosas notables que ai en ella, de sus frutos y de algunos sucesos que an acontecido en dicha isla y vidas de sus arzobispos hasta el año mil y seis cientos cincuenta, questo se escribe”. No todos los poetas, prosistas, pensadores y memorialistas criollos tuvieron la dicha de que sus escritos se salvaran, como es el caso de Alcocer. Y también el de Pero Agustín Morell de Santa Cruz (1694-1768), mulato, nativo de Santiago de los Caballeros, quien tuvo que emigrar al negársele el acceso a cargos eclesiásticos reservados a los peninsulares, pero en Cuba obtuvo los cargos que su inteligencia y mérito le acreditaban, y llegó a obispo de Santiago de Cuba y luego de Nicaragua. Dejó una cantidad de obras, publicadas unas, inéditas obras, desconocidas por completo en Santo Domingo, donde las academias, archivos y universidades estatales no han hecho las diligencias de su publicación. Están en Contín Aybar (1982: I, 214-15). Debe apuntarse que aunque Morell de Santa Cruz nació en el siglo XVII, el efecto de sus obras y acciones son del siglo XVIII.

De todas maneras, el proceso de fundación de los discursos del ‘ethos’ criollo ha sido estudiado por Hugo Tolentino en “Raza e historia en Santo Domingo” (UASD: I, 1974) y también ha contribuido a este tema, Franklin Franco Pichardo. Y con énfasis en el siglo XVIII, Fernando Pérez Memén y Carlos Esteban Deive han trabajado el proceso de formación del pensamiento de la Ilustración y sus efectos en la isla Española.

Dos de los grandes autores de ese siglo XVIII fueron Bernardo Correa y Cidrón (1756-1837, partidario decidido de las ideas de la Ilustración, y Antonio Sánchez Valverde (1729-1790), ambos sacerdotes, más afortunado el último y más conservador, pues sus obras se han publicado desde ese mismo siglo hasta hoy siendo “Idea del valor de la isla Española y utilidades que de ella pueden sacar su monarquía” acreditada con varias ediciones. Habría que rastrear las obras de Correa y Cidrón para publicarlas completas, con comienzo de su “Vindicación”, que vio la luz en 1820.

De estos dos autores, solo Correa y Cidrón es de entrambos siglos, aunque las obras de ambos surtieron sus efectos en el XVIII y el XIX, principalmente las de este último intelectual, ya que atravesarán el final de la dominación colonial española, seguirán su curso en la época de la dominación francesa (1795-1809) y culminarán con la independencia efímera de 1821.

Otros intelectuales a caballo entre dos siglos, XVIII y XIX fueron José Núñez de Cáceres (1772-1846) y Andrés López de Medrano (1780?-1835?), autor el primero del manifiesto de la llamada independencia efímera y el segundo de un “Manifiesto” al pueblo dominicano en defensa de sus derechos”, del 25 de junio de 1820. De todos modos, las ideas que motorizaron las acciones de estos intelectuales pertenecían cabalmente al siglo XVIII, época en que se sucedieron los dos movimientos revolucionarios que más han influido en la conciencia de la América hispana: la independencia americana de 1776 y la revolución francesa de 1789, esta última la de más perdurable influencia, pues al influjo de su ideología proclamaron los haitianos su independencia en 1804 y Núñez de Cáceres produjo su independencia efímera, capítulo todavía oscuro para los historiadores dominicanos, quienes no han averiguado oral y documentalmente los secretos de las relaciones entre haitianos y dominicanos que culminaron con el acto de Núñez de Cáceres y la inmediata respuesta de Jean-Pierre Boyer de ocupar la parte este de la isla y crear un gobierno unificado. La respuesta de Núñez de Cáceres al entregarle las llaves de la ciudad a Boyer merece una investigación a fondo, pues su profecía se cumplió en 1844 cuando los dominicanos se independizaron de Haití.

Hubo otros intelectuales en mitad de los dos siglos (XVIII y XIX) que se quedaron en Santo Domingo o que emigraron a Cuba, Puerto Rico y Tierra firme, pero sus obras, acción y pensamiento en acto, no tuvieron la repercusión de los hacedores de independencia o de los constructores del proceso de concienciación de la especificidad cultural dominicana.

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