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Polengard: Memoria de la Bohemia

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Polengard_Memoria_de_la_BohemiaDIARIO LIBRE / 17 DE OCTUBRE DE 2009 / LECTURAS CONVERSANDO CON EL TIEMPO POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

Conocí a Pedro Polengard como un personaje de la noche, en el ambiente glamoroso del club Bella Blue, al iniciar la “década perdida” de los 80. Nuestro personaje acudía a diario a ese centro del Malecón capitalino impecablemente vestido, siempre cordial y afortunado con las damas, desplegando sobre la pista sus habilidades danzarias. Gracias a Alejandra Álvarez pronto hicimos buena amistad. Así supe que era pintor de oficio, entonces uno de los pioneros de la confección de camisetas de algodón pintadas a mano que exhibían motivos florales tomados de la exuberante naturaleza tropical. De allí lo de Polen Garden, como me fue presentado, nombre condensado luego en el más mercadológico Polengard.

En la plástica dominicana de hoy, Polengard se destaca como el retratista de la bohemia que se destila en bares, cuyos personajes estilizados merodean los mesones, ya de pie o encumbrados sobre taburetes coloquiales. Óleos y dibujos a técnica mixta capturan con destreza de memorialista incansable los rostros furtivos de la noche que se confunden entre la espesa neblina del humo de tabaco. Registran el contoneo voluptuoso de los cuerpos entrelazados en el baile, danzando a ritmo de salsa, bolero, o al toque sincopado de bachata. Otras escenas suyas muestran la tertulia musical, más mansa y sobria, que se convoca en torno al teclado acompañante del piano y el diapasón vibrante de la guitarra. Recientemente su captura del entorno de la noche incluye conjuntos de músicos de jazz. Así como las fiestas de palos en los bateyes y el tradicional perico ripiao de nuestros campos.

Esta clara vocación del artista por la sociabilidad musical y danzante del dominicano hizo que uno de sus trabajos sirviera de motivo para ilustrar la portada del monumental libro editado por Verizon en el 2005 en su Colección Cultural, titulado Bolero, Visiones y Perfiles de una Pasión Dominicana, de la autoría de Marcio Veloz Maggiolo, Pedro Delgado Malagón y José del Castillo Pichardo. Diseñado en el taller de maravillas gráficas de Lourdes Saleme. Obra reimpresa en el 2009 por Codetel en versión popular con formato estándar, puesta a circular en abril en el Centro León en el marco del III Congreso Internacional de Música, Identidad y Cultura en el Caribe dedicado al bolero, un género que nos ha encandilado a todos, propiciador de tantas progenituras.

Entre los dibujos de Polengard figuran escenas de vendedoras callejeras de flores y frutas, de marchantas acuclilladas o de pie ataviadas con trajes ligeros que traslucen los contornos de la vigorosa anatomía mulata: la redondez de los glúteos macizos, las pantorrillas bien torneadas, los pechos generosos y espléndidos como racimos colgantes. Imágenes femeninas a veces tocadas con la oportuna sombrilla que protege de la lluvia y el sol abrasante, elementos inclementes de los trópicos. Los colores pasteles sobre papel cartón resaltan las líneas del dibujo, ejecutado con trazos seguros. Una armonía de volúmenes, simétricamente estructurados, hace de la composición uno de los rasgos destacables de su arte.

A la manera de un Toulouse-Lautrec caribeño, en lo que podría denominarse la erótica de Polengard, encontramos una serie de dibujos que nos sitúan con fuerza progresiva en el plano de los extravíos de la carne. Así aparece, sugestivo, en el grupo de amigas vestidas con vaporosos trajes blancos, cuyos gráciles cuerpos se balancean como empujadas suavemente por la brisa. En aquellas que bailan ingenuas en formación espontánea y que finalmente sucumben ante el endemoniado deseo en orgiástico aquelarre, desnudas, en trance de goce colectivo. Es la consagración de un erotismo que se sugiere sutil en el origen y culmina crudamente descarnado.

De este modo, el universo pictórico de Polengard se ha ido moviendo con el tiempo. Desde el primigenio deslumbramiento naturalista provocado por la belleza multiforme de cálices, corolas, estambres y pistilos que estallaba en cayenas rojas -tan entrañable a su nombre-, su práctica creativa ha transitado por las refrescantes imágenes de vendedoras ambulantes, típicas de la informalidad urbana de un Santo Domingo en transición modernizante. O ha evocado candorosas danzarinas, convirtiendo a la mujer en sus múltiples facetas laboriosas y festivas, en clave recurrente de su quehacer artístico.

Pero donde la magia de su paleta nos atrapa sin salida es cuando el artista captura el momento misterioso de la noche en la penumbra de la bohemia y nos introduce a la dinámica envolvente en los recintos de sociabilidad lúdica. Con sus cruces furtivos de miradas rastreadoras y los intercambios gestuales de señales lascivas. El despliegue brumoso de ese código de la animalidad domesticada que busca compañía, auxiliada por la opacidad cómplice de los rincones que brindan bares, clubes y discotecas. Y la metamorfosis de los cuerpos briosos abrazados en comunión erótica. Allí es donde el amigo Polengard se mueve con destreza como pez en su propia bañera. Conocedor cotidiano de lo que se cuece en ese ebullicente mercado de oportunidades.

Me parece que con esas exploraciones incesantes por los meandros de la noche, Pedro Polengard -quien exhibe vital juventud pese a sobrepasar ya los 60- ha sabido conferirles dignidad a los argonautas de las sombras, a los inagotables buscadores del arca de la felicidad perdida o del sueño inalcanzable. Con sus cuadros que ofrece entre parroquianos y amigos, este artista ha logrado rescatar para la memoria de la plástica a los miembros en expansión del Club de los Corazones Solitarios de aquél ya célebre Sargento Pepper que la Beatlemanía puso en moda.

Polengard ha enmarcado con su magia a aquellos seres de edades variopintas que todavía se resisten a aceptar el canon simplista que pregona que la noche sólo la hizo Dios para dormir. Pues como diría Luis Días, en trance filosófico del más puro existencialismo bachatero, apelando a la voz cantora de médium veterana de Sonia Silvestre: “Quieres dormir y yo quiero andar/ La noche es para un largo viaje/ Y hay que llegar”.

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