Tel: 829-256-9034 | Mail: info@culturadominicana.com.do

Memorial de Memorias

0

Memorial_de_MemoriasDIARIO LIBRE / 3 DE OCTUBRE DE 2009 / LECTURAS CONVERSANDO CON EL TIEMPO POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

Hace tiempo que me atrapa la memoria. Detrás de ella he vivido. Quizá por ello mi afición a los viejos y a lo viejo, aun cuando era niño y adolescente, sin privarme los encantos de cada edad. Es, en cierto modo, una manera de viajar, inmóvil, como marinero en tierra. Mi madre ya cercana a los 93 era memorialista prodigiosa. Registraba cada detalle de lo que le rodeaba. Era un reservorio, lógico y ordenado, de todo lo vivido por ella y sus coetáneos. De muchas otras vidas y sus vericuetos de ascendencia y descendencia. De lo que leyó en libros, periódicos y revistas. De lo que vio en el cine y la televisión. De lo que oyó decir a otros. Disfrutaba este vital oficio.

Depositaria de otras memorias que cultivó y preservó con esmero de relojero, la de sus padres, abuelos y tías. A éstas visitaba cada semana en ritual casi religioso. Desde niño la acompañé a esas jornadas en la zona colonial, bajo el encanto del helado de mantecado y las tostadas del Bar América, el pan dulce calientito de Quico, las golosinas del Mickey y la magia del cinematógrafo en tandas infantiles. Y por supuesto, los paseos por los espacios públicos de una ciudad amable: la glorieta del Parque Independencia, el Parque Infantil Ramfis con sus columpios y el balneario de Güibia techado por frondosos almendros con su salutífera brizna yodada que dilataba mis bronquios apretados.

Sin proponérmelo -tal vez como homenaje silente a tan maravillosa matrona- he extendido este hábito a la literatura. En los últimos tiempos la mesita de noche -no la de Vitico- de mi dormitorio ha sido invadida por unas piezas rectangulares cargadas de memorias. Son tantas y diversas que han formado un verdadero barrio de torres de Babel, un cul-de-sac bibliográfico en el que se mezclan géneros -biografía, poesía, relato, crónica, apuntes de viaje, diario-, épocas y autores, locales y extranjeros. Pero todos trabajando la memoria. Ejercitándola para sacarle lustre. Un breve inventario de estas torres bibliográficas que amenazan con caer sobre mi cabeza antes de dormir o entretienen la placidez pegajosa del ocio de feriados, da una idea de mis aficiones.

Son básicamente tres torres. Una, la más próxima, está armada de materiales muy diversos, como los bazares que existían en la avenida Mella. Junto al tomo 7 de Boquechivo, de Harold Priego, apisonándolo con el peso de cinco siglos, se ubica el volumen I de Tratados de Bartolomé de las Casas, con su terrible Brevísima relación de la destrucción de las Indias y la polémica con el doctor Ginés de Sepúlveda sobre la condición de los indios y los derechos de los colonizadores. Esta coincidencia entre el fraile defensor de los aborígenes y el genial caricaturista es como si se hubiesen confabulado traspasando la barrera del tiempo, justo cuando se discute una nueva Constitución. Haciéndoles compañía, dos tomitos de Breve Historia de la Revolución Mexicana, de don Jesús Silva Herzog, que releo en reedición de FCE, ya que la original de 1960 me la desaparecieron las polillas humanas. Para mantenerme en México, tengo al alcance la biografía del muralista Diego Rivera, de la autoría de Raquel Tibol.

Los poetas -siempre los poetas- hace tiempo me persiguen con su sonsonete melódico, sus metáforas construidas a soplos de viento y hebras de espuma. Leo una biografía de Baudelaire, el poeta maldito, de Mario Campaña, intercalada con Memorias del Azar, un bocadillo marino -pletórico de nostalgia de la Güibia que compartimos, pez, almendras, mandarinas- de mi hermano Enriquillo Sánchez (“José: a los dos nos fusilaron juntos en San Juan hace casi 150 años. A tu bisabuelo Benigno y al mío Francisco del Rosario”). Desde que conocí al irlandés hispanista Ian Gibson, cuyas obras sobre Lorca, Dalí y Machado he devorado, nada de Gibson me es ajeno. Tengo en mi torre, en lista de espera, Cuatro Poetas en Guerra, que son Machado, Juan Ramón, García Lorca y Miguel Hernández. Del narrador de prosa poética Juan Goytisolo -asociado al boom de la literatura hispanoamericana de los 60 y 70- me acompaña En los reinos de Taifa, libro articulado por crónicas de viajes y vivencias del autor en París, Cuba, Unión Soviética y Africa, en los años del internacionalismo socialista.

Don Miguel de Unamuno me aporta su ladrillo Por tierras de Portugal y de España, con impresiones de viaje por la geografía regional de la península y notas sobre la literatura y el paisaje lusitano. Enamorado en los últimos años de todo lo que huele a Portugal -incluido el bacalao en cualquiera de sus culinarias y el fado de la mozambiqueña Mariza-, dispongo de varios pisos de Fernando Pessoa (Libro de desasosiego; El regreso de los dioses), José Saramago (El año de la muerte de Ricardo Reis; Viaje a Portugal; Cuadernos de Lanzarote; Memorial del Convento; El Evangelio según Jesucristo) y más recientemente de Eça de Queirós. Este escritor realista y liberal, diplomático en Cuba, Inglaterra y Francia, gozaba de privanza en la biblioteca de mi padre. Cuentos Completos nos ingresa a su mundo de temas y personajes, a su cautivante estilo. Ecos de París y Cartas de Inglaterra recogen sus colaboraciones en la Gazeta de Noticias de Brasil. En la gatera esperan El misterio de la carretera de Sintra y El primo Basilio. El crimen del Padre Amaro fue llevado al cine con ambientación mexicana, interpretada por Gael García.

Otra torre es definitivamente anglosajona. Del inglés Graham Greene, vinculado a los servicios de inteligencia británicos, ya leí Vías de Escape. Una refrescante autobiografía llena de aventuras reales llevadas a sus novelas y al cine -Expreso de Oriente, El poder y la gloria, sobre la revolución de los cristeros en México, Nuestro hombre en La Habana, escenificada en la Cuba pre castrista, Los Comediantes, bajo la dictadura de Papa Doc, El Americano impasible, en la Indochina francesa que enfrenta la guerrilla de Ho Chi Minh. También allí habita Memorias de Tennessee Williams. De mérito descarnado, revela los meandros atormentados de este talentoso gozador, cuyas obras llenaron de gloria el teatro y el cine. Es como volver a Un tranvía llamado deseo, La noche de la iguana, La gata sobre el tejado caliente, De repente el verano, Dulce pájaro de la juventud, La rosa tatuada, Zoo de cristal. Williams retrata los episodios más notorios de su vida, salpicada de escenas con la bohemia literaria de los Truman Capote, Gore Vidal y Jack Kerouac. Su afición a la bebida, las pastillas (se atragantó un pote que lo llevó a la muerte), los viajes, las celebridades, el celuloide y las tablas, revelando sin tapujos sus amores homosexuales.

Mi torre anglo la refuerza el gran Saul Bellow, con su libro Todo cuenta. Del pasado remoto al futuro incierto. Una estimulante recopilación de artículos, apuntes de viaje, ensayos, que muestran a este narrador norteamericano y su época marcada por la Guerra Fría. En lista, El legado de Humboldt. De reciente llegada al edificio, otro espía británico que cruzó dos siglos, el novelista, dramaturgo y guionista W. Somerset Maugham (1874-1965), quien se ha instalado en un piso con El caballero del salón. Autor altamente cotizado que alimentó prolijamente la industria del cine (Servidumbre humana, La luna y seis peniques, sobre la vida de Paul Gauguin, El filo de la navaja), Maugham cuenta las peripecias de un viaje a caballo, navegando aguas fangosas y en auto, desde Rangún, Birmania, hasta Haiphong, Vietnam, pasando por Siam. El escritor y compositor norteamericano Paul Bowles -esposo de la escritora Jean Auer-, radicado en Tánger y anfitrión frecuente de sus pares malditos Williams, Capote, Kerouac, Burroughs y Ginsberg, es viejo residente con su Memorias de un nómada, rasgo que define a este viajero incansable.

Ya desfiló por ese cul-de-sac Günter Grass con su autobiografía Pelando la cebolla, despellejando las capas de su bulbo memoria para contarnos sus orígenes en la ciudad libre de Dánzig, donde su padre tenía una bodega, el paso juvenil por las Waffen-SS y como artillero bajo el régimen nazi, la experiencia como minero de postguerra, los años duros del exilio parisino que parieron El tambor de hojalata. Espera tranquilo Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo, de Charles Darwin, primorosamente impreso por Espasa. Viajaré junto a este joven indagador de nuevos mundos a bordo del Beagle, surcando los mares de Australia y Sudamérica, admirando en las Galápagos las iguanas marinas y las tortugas gigantes.

Una torre latinoamericana tiene como zapata Memorias de una dama, de un irreverente peruano Santiago Roncagliolo, construida al filo de la navaja de una historia caribeña con ribetes de mafia siciliana y tramas de la CIA. Le acompañan, más sobrias, Memorias de Adolfo Bioy Casares. Allí se documentan los amores literarios del autor con Jorge Luis Borges -con quien creó el heterónimo Bustos Domecq-, la vida muelle en estancias y viajes de recreo junto a su esposa Silvina, hermana menor de la millonaria Victoria Ocampo, animadora del grupo Sur y de la revista homónima, tan cara a las letras hispanoamericanas. Borges, un ladrillo de 1663 páginas extraído de los diarios de Bioy, amplía y detalla las relaciones de estos dos memorialistas. Papeles inesperados me ha retornado a Julio Cortázar. Textos inéditos pulcramente escritos, nuevas historias de cronopios -incluyendo una en México-, anotaciones de viajero, autoentrevistas, artefactos literarios. Construcciones de ese niño grandulón que conocí en Santiago de Chile, cuando Salvador Allende ascendió a la presidencia para retar con su bonhomía y coraje las irrefrenables garras del cóndor.

Share.

About Author

Leave A Reply