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Ecohistorias

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EcohistoriasDIARIO LIBRE / 15 AGO 2009 / LECTURAS HISTORIA Y MEMORIA POR FRANK MOYA PONS

Cuando los europeos llegaron por primera vez a las Antillas, de 1492, hacía más de tres mil años que la ecología de las islas venía siendo alterada por la acción humana. Esto quiere decir, como saben los especialistas, que algunos lugares y regiones del archipiélago habían sido paulatinamente “domesticadas”.

Los europeos encontraron numerosas evidencias del impacto humano sobre el medio ambiente insular, aunque no fuesen conscientes de los procesos que habían tenido lugar en el curso de los siglos.

Entre las muestras más representativas del cambio ecológico en algunos lugares y regiones se encuentran las sabanas. Algunas eran de origen natural y se habían formado gracias a una combinación específica de calidad y composición mineral de los suelos, pero otras fueron el resultado de fuegos creados por la mano del hombre.

Las más importantes de esas sabanas fueron registradas y descritas por varios viajeros extranjeros en el siglo XVIII, y llegaron a conformar la toponimia insular, de tal manera que todavía hoy muchos lugares del país llevan el nombre de “sabana”, como Sabana Grande de Boyá, Sabana del Puerto, Sabana Grande, Sabana de la Mar, Sabana de los Pinos, Sabaneta, etc.

Con el fuego los primeros inmigrantes sudamericanos: siboneyes, igneris, taínos, caribes (o saladoides, mellacoides y chicoides, según las nuevas nomenclaturas) alteraron irregularmente el paisaje de las islas y, eventualmente, los últimos en llegar abrieron los campos a la agricultura al tiempo que preparaban espacios para sus habitaciones.

Navegando durante su primer viaje por la costa norte de la isla que él bautizó Española, Colón describió la tierra tan poblada y cultivada como las vegas de Granada. Otros escritores posteriores, como Bartolomé de las Casas, dicen que la Española tenía “infinitísimas gentes”, queriendo decir con ello que estaba densamente habitada por los arauacos.

Esas descripciones de los primeros cronistas coloniales señalan cambios ecológicos muy importantes en la historia natural de esta isla, algunos de ellos irreversibles, pues después que los indios aprendieron a seleccionar las mejores tierras para determinados cultivos, los españoles se quedaron con ellas cultivándolas o utilizándolas impidiendo que el bosque volviese a cubrirlas.

La agricultura no fue el único agente de cambio luego de la invasión europea, aunque sí fue muy importante. También lo fue la ganadería y la introducción de animales nuevos que vinieron a alterar el balance ecológico de las islas. Los más impactantes de esos animales fueron el perro, el gato, el caballo, la vaca, el cerdo, la cabra y el cordero.

Basta leer las crónicas coloniales para comprender que la introducción de estas especies produjo una profunda transformación en el espacio y la ecología insular.Los perros y los gatos, por ejemplo, fueron los agentes más activos en la extinción de otras especies domésticas que los indios criaban para suplirse de proteínas, como eran el curí y los perros mudos. Las iguanas también fueron víctimas del acoso de los perros y los gatos.

Las especies ganaderas tuvieron mayor impacto en la vegetación de la isla que los perros y los gatos, pues para criar vacas y caballos era necesario disponer de pastizales, y éstos había que crearlos utilizando las antiguas sabanas aborígenes o creando otras nuevas mediante el fuego.

Cuando leemos en los documentos oficiales, cartas privadas y crónicas coloniales que en la isla pastaban centenares de miles de cabeza de ganado vacuno, y decenas de miles de equinos, solamente vemos el lado cuantitativo de la cuestión.

Si razonamos un poco más allá de los simples números, entonces veremos que esos animales necesitaban yerba para alimentarse y ésta no podía ser obtenida en la selva tropical densa y húmeda, ni en medio del bosque seco o espinoso, sino en terrenos abiertos donde el pasto podía contar con suficiente luz solar para renovarse continuamente.

Para levantar los grandes hatos ganaderos que caracterizaron la economía colonial dominicana entre los siglos XVI y XVIII fue necesario entonces quemar enormes superficies boscosas, lo mismo que para abrir las tierras que fueron sembradas de caña para alimentar los primeros ingenios azucareros.

En el caso de los primeros ingenios coloniales, mucha de la tierra cañera volvió a ser cubierta de bosques luego de la quiebra de la industria azucarera a principios de siglo XVII, pero otra parte quedó dedicada a la ganadería o a cultivos alternos, como fue el caso del jengibre que gozó de mucha popularidad entre 1573 y 1620.

De la misma manera, para desarrollar una economía de plantaciones como la que establecieron los franceses en la parte occidental de la isla, fue necesario talar y quemar millones de tareas de bosque. Una parte de esos terrenos fueron dedicados al cultivo de la caña el tabaco y el añil, otra parte a la siembra de café y cacao, y otra a la producción de leña para alimentar las calderas de los ingenios.

Ya a mediados del siglo XVIII los viajeros franceses que visitaban la colonia de Saint-Domingue observaban que el territorio estaba muy deforestado, y la tala y quema de bosques avanzaba rápidamente.

El cambio ecológico, pues, procedió en dos vertientes. Por un lado, la deforestación con la consecuente extinción de numerosas especies animales y vegetales. Por otro lado, la recomposición del paisaje al sembrarse de especies foráneas enormes superficies que anteriormente estuvieron cubiertas de bosque nativo.

Durante más de cien años ambas partes de la isla sufrieron otro proceso de tala selectiva de sus bosques, particularmente después que los europeos descubrieron la utilidad de ciertas maderas autóctonas como la caoba, el guayacán y el campeche, entre otras.

Los cortes de caoba de la parte occidental empezaron a agotarse en la segunda mitad del siglo XVIII, pero los de la parte oriental, ocupada hoy por la República Dominicana, comenzaron a ser explotados intensivamente desde los mismos comienzos del siglo XIX por las autoridades francesas que ya conocían, por su experiencia en Saint-Domingue, el gran valor de la caoba dominicana o haitiana (swietenia mahagoni) en los mercados europeos. Puede decirse que el siglo XIX fue el siglo de la caoba dominicana, aunque esta madera ha continuado explotándose hasta nuestros días.

Durante la Dominación Haitiana se aceleró la explotación de los grandes bosques de caoba del sur del país y se iniciaron los grandes cortes de las planicies norteñas de lo que hoy es la provincia de Puerto Plata. En la segunda mitad del siglo XIX los cortes de caoba penetraron desde Guayubín hasta la altas planicies de Sabaneta (hoy Santiago Rodríguez), en tierras que hoy son pastizales y potreros, pero que en su tiempo fueron densas forestas de este árbol de madera preciosa.

Durante la Dominación Haitiana también se ampliaron las superficies cultivadas de tabaco en el centro del Cibao, específicamente, alrededor de la ciudad de Santiago. Luego de proclamada la República el cultivo de tabaco continuó ganando popularidad en la región del Cibao central.

Como ocurrió con otros cultivos, para expandir los campos de tabaco era necesario también quemar bosque virgen. Las tierras llanas de Moca, La Vega, Salcedo, Villa Tapia se convirtieron en centros tabacaleros que, en el siglo XX, se transformarían a su vez en zonas productoras de plátanos, yuca y batata, según hemos explicado en otros escritos.

También hemos explicado, y lo han hecho a su vez otros autores, cómo los bosques de las llanuras orientales y septentrionales del país empezaron a desaparecer en las dos últimas decadas del siglo XIX para dar paso a los gigantescos cañaverales que necesitaban las centrales azucareras.

Otras llanuras como las de Barahona también experimentaron el mismo proceso, que se aceleró en las primeras tres décadas del siglo XX y sólo se detuvo, aunque por algunos años, en 1930 debido al inicio de la Gran Depresión mundial.

Sin embargo, la sustitución del bosque nativo, generalmente bosque húmedo latifoliado, se reinició después de la Segunda Guerra Mundial, con la construcción, primero, del Central Catarey, en el valle de lo que es hoy Villa Altagracia, y luego del Central Río Haina, cuyas necesidades de caña y pasto obligaron a talar y quemar varios millones de tareas en las llanuras y colinas de Guanuma, Toza, La Luisa, Mone Plata, Gonzalo, Sabana Grande de Boya, Doña María de Cevicos, Don Juan, Higüero y La Isabela, para sólo mencionar unos cuantos parajes.

No hemos hablado aquí, pues ya lo hemos hecho en otros artículos, de la transformación ocurrida en las tierras llanas y muy húmedas del Cibao oriental, cuyas selvas primitivas fueron reemplazadas por un nuevo tipo de bosque, el cacao, o por plantaciones de coco, fincas de arroz y pastizales sembrados de gramíneas africanas, como la yerba de Guinea y la pangola.

Estas son también otras ecohistorias que vale la pena contar, pero ya no hay más espacio para ello.

Para desarrollar

una economía de

plantaciones como

la que establecieron

los franceses en la parte

occidental de la isla,

fue necesario talar

y quemar millones

de tareas de bosque.

Una parte de esos

terrenos fueron

dedicados al cultivo

de la caña el tabaco

y el añil, otra parte

a la siembra de café

y cacao, y otra a la

producción de leña

para alimentar las

calderas de los ingenios.

 

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