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Un poquito de teoría, para variar

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DIARIO LIBRE / 18 JUL 2009 / LECTURAS HISTORIA Y MEMORIAPOR FRANK MOYA PONS

 

Muchas veces la teoría y la filosofía de la historia son campos cultivados por filósofos que nunca han escrito obras historia, y por ello es posible observar grandes desacuerdos entre ellos pues aquello de lo que hablan y teorizan es generalmente un objeto que sólo conocen conceptualmente sin haber experimentado la práctica del oficio de historiar.

Otras veces son los mismos historiadores quienes elaboran teorías basándose en su propia experiencia o partiendo de ideas y conceptos elaborado previamente por los filósofos de la historia. Entre ellos tampoco hay necesariamente consenso pues cada uno de ellos expone sus perspectivas personales acerca de lo que constituye el objeto de estudio de su disciplina.

Puede decirse que detrás de cada interpretación histórica reside una teoría de la sociedad y de la dinámica social, que es, en realidad lo que estudian los historiadores. No quiere decir esto que todos los historiadores son plenamente conscientes de las teorías que soportan sus conceptualizaciones, pero sí que a cada uno de ellos es posible descubrirle sus raíces ideológicas y sus principios metodológicos.

No es que sea fácil desentrañar el pensamiento teórico de los científicos sociales en estos tiempos en que las ciencias sociales han evolucionan tan rápidamente y en una época en que los académicos tienden a asimilar ideas de muy diversas fuentes y a cambiar de opinión continuamente.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que los aspirantes a ser historiadores optaban por establecer desde el principio de sus trabajos y publicaciones cuáles eran sus fundamentos teóricos pues aquellos eran días de grandes confrontaciones ideológicas entre el mundo socialista y comunista y las democracias y dictaduras “occidentales”.

Eran tiempos en que los partidos dominaban las academias, y los académicos tenían que dar seguridades de que seguían las líneas de sus partidos, y por eso era frecuente ver, en ciertas escuelas de pensamiento, a los historiadores comenzar ineludiblemente sus escritos con una o varias citas de los padres del materialismo histórico, Marx, Engels y Lenin, entre otros.

Derrumbado el muro de Berlín, y ejecutada hasta su última realización la Perestroika, ya no es necesario cumplir con ese rito ideológico, y ahora los antiguos marxistas escriben historia con mayor libertad sin tener que voltear la cara para asegurarse de que no serán reprimidos por el comisario del partido.

Lo mismo ocurría con algunos historiadores e intelectuales católicos que aun cuando no estuvieran precisados de legitimar sus narraciones con citas previas de los Padres de la Iglesia, sí escribían con plena conciencia de que sus páginas podían ser censuradas por el Santo Oficio o por la Oficina para la Congregación de la Fe del Vaticano, y por ello optaban por someter sus trabajos a la consideración de sus obispos para obtener el “Nihil Obstat” que les permitía editar sin pecado sus obras.

Partido e Iglesia imponían entonces férulas ideológicas que podían matar la originalidad, según pudo experimentar, por ejemplo, el gran pensador católico Theilard de Chardin, quien no era historiador, pero había elaborado una teoría de la historia del surgimiento de la conciencia humana y planetaria equivalente a una teoría de la historia impensable para el mundo católico desde los días de San Agustín.

Es bien conocido que parte de la obra original de este gran pensador católico fue objetada por la censura eclesiástica y fue secuestrada para que no fuese publicada en ningún tiempo.

Lo que llama la atención de esos esfuerzos por controlar el pensamiento es su inefectividad pues las ideas son como el polvo y el agua que se escurren y cuelan por todas partes y terminan por afectar todo lo que tocan.

Piénsese, por ejemplo, en lo que escribió el famoso sociólogo estadounidense Wright Mills en su libro “Los marxistas” en el cual describe cómo en el país más anticomunista del mundo las ideas de Carlos Marx penetraron la academia norteamericana de tal modo que no era posible en su tiempo, ni hoy, pensar y trabajar en las ciencias sociales sin tener en cuenta el fondo ideológico del materialismo histórico, transformado luego por Marvin Harris y otros en el llamado materialismo cultural, tan popular entre los antropólogos, historiadores y sociólogos.

¿Qué nos dice el materialismo cultural? No el de Harris, sino una variante que yo descubrí de manera independiente hace más de treinta años y resumí en un trabajo que he mantenido inédito hasta hoy. ¿Qué nos dice?

Pues, que en términos grupales la conducta humana puede ser estudiada en función de la lucha por la satisfacción de las “primeras necesidades” pues hay requerimientos básicos en la vida de todo ser humano y de todo grupo humano sin cuya satisfacción la vida organizada no es posible.

Lo primero es comer, lo segundo es alojarse y lo tercero es vestirse. Vistas así las sociedades humanas nos encontramos con el crudo hecho de que su permanencia y conservación, así como su organización, dependen de la capacidad de sus miembros para alimentarse y protegerse.

Y así, sencillamente, encontramos que solamente a través del trabajo pueden los hombres producir lo que necesitan para subsistir pues tan trabajo fue el merodeo del troglodita paleolítico como lo es la investigación del moderno experto en informática que labora en California.

Ahora bien, desde la horda cavernícola hasta las modernas compañías multinacionales, los hombres se organizan para el trabajo y la producción, pues el sostenimiento del grupo (familia, clan, tribu, nación, imperio) exige siempre la realización de tareas en grupo, en equipo.

Desde aquellos tiempos hasta hoy, entonces, nos encontramos con el curioso hecho de que la organización requerida para el desempeño de ciertas tareas viene condicionada, obviamente, por la naturaleza de la tarea a realizar y de los recursos disponibles.

Así, muy al principio, los hombres se organizaban en forma diferente cuando salían de caza en busca de carne a cuando se dispusieron a criar ganado o a sembrar, o a producir cerámica y cestería, o viviendas y otros objetos necesarios para el grupo, o cuando trabajaron para producir metales u obras de arte, o cuando empezaron a intercambiar objetos producidos por un grupo que eran necesitados por otros.

De aquí se desprende que la naturaleza de los recursos a explotar exigió de las sociedades humanas, y todavía exige, diferentes respuestas organizacionales, indicando esto que la diferenciación social parece ser una función de la diversidad de los esfuerzos productivos.

Según este análisis, una sociedad de pescadores debe funcionar de manera diferente a una de agricultores, y ésta debe ser distinta de una sociedad industrial o de otra de pastores, o de una sociedad minera o de mercaderes.

En otras palabras, todo grupo humano cuenta para su supervivencia con la disponibilidad de un cierto tipo de recursos de cuya explotación, conforme a las habilidades de sus miembros, depende en gran medida la manera en que ese grupo humano se organiza para asegurar su alimento, su vestido y sus alojamientos.

La calidad de esos recursos varía, y con ella varían las manifestaciones generales de las sociedades. Por eso son también tan diferentes las sociedades esquimales de Alaska de las tribus nómadas del desierto de Sahara o de los grupos de la selva amazónica o de la sabana africana.

En adición a lo anterior, resulta también que los recursos de que disponen las sociedades humanas, además de ser diferentes, también son más o menos abundantes o más o menos escasos, y su distribución es muy desigual en el planeta, por lo que su utilización o explotación depende en gran medida de su accesibilidad, pero también de las capacidades tecnológicas de los seres humanos para aprovecharlos.

Normalmente los recursos son escasos porque hay pocos o porque las gentes no son capaces de aprovecharlos, todo lo cual contribuye a asignarles un valor distinto a cada recurso, valor éste que expresa su deseabilidad o la necesidad de uso. Esto convierte los recursos naturales en recursos económicos.

La supervivencia obliga a los hombres a organizarse para el trabajo, la producción y la distribución, pero también los lleva a organizarse para la posesión dado el carácter escaso de los recursos económicos.

Como el impulso a la posesión es general, pues en él va la garantía de la supervivencia individual y grupal, la lucha por los recursos económicos surge tan pronto comienzan el trabajo y la producción humana, y continúa a todo lo largo de la cadena distributiva en un complicadísimo proceso que pone en juego lo mejor y lo peor de las habilidades innatas y adquiridas por los individuos, todo ello en su empeño por adquirir y retener la mayor cantidad posible de recursos (de bienes).

Este proceso se caracteriza por la desigualdad de los resultados pues no todos los individuos son iguales ni en sexo ni en fuerza ni en edad ni en inteligencia ni en sus capacidades adquiridas.

De ahí que presenciemos que la distribución de los bienes no siempre es equitativa en los grupos humanos, y por ello las sociedades humanas han evolucionado divididas en estratos sociales claramente segmentados y en permanente competencia entre sí.

Cada sociedad, en el curso del tiempo y conforme a su propia evolución, ha adquirido una fisonomía estructural que se expresa en la aparición de clanes, castas, clases sociales y grupos de intereses de la más variada naturaleza.

Estos grupos actúan en constante relación unos con otros, e interactúan de muy distinta manera con la naturaleza y los recursos naturales disponibles, pero esa variedad de comportamientos apunta toda hacia un mismo fin que es la supervivencia.

La interacción entre los distintos segmentos sociales no siempre es el resultado de la cooperación. También es el resultado de la competencia por la apropiación de los recursos escasos. A la desigualdad también llegan los hombres a través de luchas y conflictos que exigen de ellos nuevas formas de organización orientadas hacia el saqueo, el despojo o la acumulación de bienes, y hacia la conservación de éstos. Muchas veces estos esfuerzos exigen también la neutralización o la eliminación de los competidores.

A estas formas de organización para la apropiación y conservación de los recursos, de cualquier naturaleza que éstos sean, es lo que se conoce como organización política y a la lucha por la supremacía dentro del grupo para asegurar el control y distribución de los recursos disponibles (de la naturaleza que éstos sean) es a lo que se le llama lucha política.

En la lucha política se resumen y se condensan todos lo impulsos de la sociedad por asegurar su supervivencia, tanto en términos de cohesión interna como para enfrentar peligros exteriores. Así como compiten entre sí los individuos dentro de un mismo grupo social para apropiarse de los bienes disponibles, así también compiten los grupos sociales y las sociedades entre sí.

En su empeño por regular la expresión de la lucha política, de asegurar el orden interno, y de preservarse de amenazas externas, las sociedades se organizan en clanes, tribus, naciones, Estados e imperios, y crean estructuras de dominación y control interno, y de respuesta y rechazo a las amenazas externas.

Como el conflicto es permanente entre los individuos, los grupos y los Estados, los hombres realizan numerosos y variados esfuerzos para legitimar la lucha política justificar su participación en la misma. Esos empeños por legitimar el poder político, la posición social y el control económico exigen la manipulación de los mecanismos y contenidos de la comunicación humana.

La organización para la comunicación se impone a través de la creación de mitos, leyendas, historias, memorias, narraciones y obras de arte, y a través de contenidos educativos que expresan ideologías funcionales para el control social así como para asegurar la supervivencia grupal.

Este es solamente el principio de la teoría. Hay más todavía.

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