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Bienes de consumo Americanos

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Bienes_de_consumo_AmericanosDIARIO LIBRE / 18 DE JULIO DE 2009 / LECTURAS CONVERSANDO CON EL TIEMPO POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

En el enfoque sociológico y antropológico de la cultura -aparte de la cultura inmaterial, formada por los valores, costumbres y tradiciones, creencias, lengua, música, sistemas sociales y políticos- se estudia lo que se denomina cultura material, integrada por los modos de producción y la tecnología, la infraestructura física (viviendas, edificios institucionales, centros de producción y servicios, redes de comunicación y facilidades colectivas), medios de transporte, equipos y herramientas de trabajo, alimentos, artefactos, obras de arte y artesanías. En fin, todos los bienes materiales producidos por el hombre para su uso.

Ambos planos de la cultura forman un solo sistema y se hallan interconectados dinámica y funcionalmente, en un proceso continuo de préstamos, adaptaciones y ajustes de sus componentes. A su vez, las sociedades asimilan -conforme a su grado de porosidad, mimetismo y vocación de cambio- las influencias “importadas” de otras culturas. Por eso, cuando se estudia la cultura de un pueblo, se hace el inventario de sus patrones de vida y bienes materiales y se analizan los procesos dinámicos de cambio que se operan en su seno.

Tras el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos a la cabeza, el proceso de americanización de la sociedad dominicana se aceleró. La Guerra Fría que se desató en 1947 entre Occidente y la Unión Soviética precipitó aún más ese proceso, al destinarse mayores recursos a la difusión del “modo de vida americano”, especialmente en América Latina y Europa. Esta política, que incluía la expansión del comercio, la cooperación técnica y económica, acuerdos de seguridad, tenía también un fuerte ingrediente cultural. No en balde EE.UU. promovió los intercambios académicos, de personalidades de las artes, la literatura, el periodismo, así como la formación de centros binacionales que facilitaran el aprendizaje del inglés y contribuyeran a un mejor entendimiento de la historia y la cultura norteamericana. Lo que hoy conocemos como AID tuvo su precedente en el llamado Punto IV que brindó apoyo a la educación física y a la formación técnico vocacional en el país.

Para arribar a Ciudad Trujillo por avión se llegaba al Aeropuerto General Andrews (inaugurado en 1944 en el sector de Miraflores, donde operaba el antiguo aeródromo) utilizando los servicios de las aerolíneas norteamericanas Pan American y Delta (la holandesa KLM viajaba a Europa). El transporte motorizado en la capital (en una época en la que se andaba bastante a pie y se empleaban coches de tracción animal y carretas de carga), se movilizaba en carros, guaguas o camiones marcas Ford, Chevrolet, Buick, Lincoln, Nash, Dodge, Jeep, Cadillac o Packard (los menos), fabricados en los Estados Unidos. También circulaban las bicicletas inglesas Ralleigh o Rudge, empleadas en el servicio de mensajería. En el mercado automotriz el vehículo americano dominaba sin competencia, siendo la 30 de marzo la calle emblemática de su exhibición y venta. Movido por gasolinas y lubricantes expendidos en las estaciones de servicio Texaco y Esso (la otra opción era la inglesa Shell). Rodando con neumáticos B.F. Goodrich o en su defecto con los británicos Dunlop. Activado su encendido por baterías Atlas.

El aseo personal descansaba en la oferta de jabones Palmolive, Camay y Lux, crema dental y cepillo Colgate o Squibb, crema de afeitar y talcos Mennen, así como el aristocrático rasurador y las navajas Gillette (la revolución en la afeitada). Para la protección femenina toallas sanitarias Kotex, verdadero sinónimo de precaución menstrual. Al embellecerse las mujeres usaban polvos y cold cream Pond’s, cosméticos Revlon o Max Factor, mientras que los hombres se lustraban el pelo con Glostora (“Cabellera seductora si se peina con Glostora”), de Sterling, fabricada en Nueva Jersey. Brillar los zapatos -una seña de distinción y compostura- era tarea de la pasta Griffin, en sus versiones de negro, marrón y neutro. Evidentemente que para los menos pudientes el sucedáneo era el muy natural jabón de cuaba para el baño -excelente desinfectante-, el bicarbonato de sodio para los dientes y el litargirio para matar el grajo.

La alimentación fue otro de los renglones notorios de la creciente participación de bienes manufacturados norteamericanos en el mercado dominicano a mediados de los 40 del siglo pasado. Compotas para niños Gerber, Harina del Negrito (Cream of Wheat 5 Minutes), avena Quaker, leche en polvo Kraft, galletas Keebler, sopa de tomate, ketchup y vinagre Heinz. Sopas enlatadas Campbells, en su variante pedagógica de letras o en versión de vegetales, pollo y tomate. Jamonada (Spam) y jamón Hormel, acompañados con pan o ensaladilla rusa. Para el postre, gelatina en siete sabores (fresa, cereza, naranja, lima, limón, raspberry y manzana), y la opción de flan Royal. Refrescos Pepsi Cola, Coca Cola, Country Club, Orange Crush, a los cuales se sumarían luego Red Rock y Seven Up, así como la bebida musculosa Ironbeer.

En el campo de las cervezas se contaba con la proletaria Pabst Blue Ribbon de Milwaukee, Schlitz, Ballantine y Budweiser, las cuales competían con Presidente -fabricada por Cervecería Nacional Dominicana, propiedad de la familia norteamericana Stuart, que también embotellaba Malta Corona. Indigestión, acidez, leche de magnesia Phillips, “buena para toda la familia”. Resfriado, jarabe pectoral de Scott. Dolor de cabeza, Mejoral “el calmante popular”. Problemas con moscas y mosquitos, insecticida Black Flag. Y para todo lo demás, Mentholatum con su balsámica función.

El ajuar doméstico disponía de artefactos para el hogar procedentes de las principales factorías de los Estados Unidos. Neveras Kelvinator (fabricadas por American Motors), Frigidaire (manufacturadas por General Motors), GE (General Electric) o Westinghouse. Estufas Esso Gas, radios, pick-ups y discos RCA Victor. Aparatos de radio Zenith, GE y Philco. Máquina de coser Singer, acondicionadores de aire Carrier. Para la oficina, la utilísima maquinilla Underwood (heredada de mi padre y en la cual aprendí a teclear desordenadamente) y eficientes calculadoras Burroughs. Para escribir a mano, elegantes plumas Parker, Esterbrook y Watterman’s. En la construcción, el auxilio de cemento Atlas y pinturas Du Pont. Y para capturar con un solo clic aquellos momentos inolvidables de la vida, cámaras y rollos Kodak.

Esa era la oferta que se promovía en los periódicos y revistas dominicanos en esos años con excitantes artes publicitarios. Productos nacionales con alguna presencia ocasional y discreta en los medios de comunicación: Brugal, Ron Carrión, Chocolate Luperón, jabón de cuaba Quisqueyano, zapatos Fadoc, La Habanera y Cremas de la Tabacalera. Mercancías de otros orígenes extranjeros con publicidad, las líneas de la Curacao Trading Co. (máquina de coser alemana Triumph), los lácteos de la holandesa Nestlé, la perfumería francesa y alemana. Se podría afirmar, aplicando una regla de medición de pulgadas de colocación publicitaria en el espacio de los diarios, que alrededor de tres cuartas partes de la publicidad era de bienes y servicios norteamericanos, porcentaje que se vería incrementado si se sumaran los bienes fabricados por empresas de capital americano en el país, como la Cervecería Nacional Dominicana y sus cervezas o el Central Romana y su azúcar refino Papagayo.

Con ello no se quiere decir que ese era el peso que tenían esos bienes en el conjunto de artículos importados que se mercadeaban en el país, en cuyo stock existían múltiples procedencias conforme al ramo. Pero ciertamente da una idea de la tendencia del mercado de importación y de los cambios que se estaban desarrollando en los estilos de vida del principal centro urbano del país.

Junto a la circulación de estas mercancías, la gran industria del entretenimiento de Hollywood hacía sus aportes. El repaso de la cartelera de mediados de los 40 así lo confirma. El Teatro Olimpia promovía el estreno de “Aventura” (1945) con un arte que anunciaba “¡Gable ha vuelto y Garson lo conquista!”, en alusión al seductor Clark Gable (consagrado en 1939 en Lo que el Viento se Llevó) y la bella Greer Garson. El Julia -“el prestigioso coliseo de Villa Francisca” que celebraba su quinto aniversario con la superproducción en technicolor “Kismet” (1944), de la Metro Goldwyn Mayer, actuada por Ronald Colman y la diva Marlene Dietrich- ofrecía grandes sorpresas a “las primeras 200 damas que asistan a cada tanda: perfumes, jabones, brillantinas, pintalabios, coloretes”.

El Independencia tenía en cartelera “Feliz y Enamorada” (Can’t Help Singing), con Deanna Durbin, de 1944. En tanto el Rialto -con sus magníficos tres pisos- invitaba a conocer “a los bravos héroes del mar” en el film de guerra “Destroyer” (1943), con Edward G. Robinson y Glenn Ford. También el Olimpia exhibía “Madona de las Siete Lunas” (1945), un drama romántico de pasiones desbocadas con un apuesto Stewart Granger y Patricia Roc. El cine mexicano nos salvaba la cara latinoamericana en el séptimo arte con “la magistral superproducción” “Rosa de las Nieves”, con Crox Alvarado, Charito Granados y Andrés Soler, pretenciosamente doblada al inglés para su difusión en EE.UU., Canadá, Australia y África del Sur.

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