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Camila Henríquez

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Camila Henríquez Ureña en su mediana edad.

Camila Henríquez Ureña en su mediana edad.

HOY / CALLES Y AVENIDAS / 18 ENERO 2004 / POR ÁNGELA PEÑA

Insigne educadora y literata que defendió los derechos de la mujer.

Salomé Camila era sutil, dulce, de voz clara y cristalina, de carácter firme y temperamento fuerte que cubría con la ternura de su palabra afable y el indulgente interés con que instruía sobre el funcionamiento de los juegos, no juguetes, que llevaba a sus sobrinos a La Habana durante las vacaciones que tomaba a sus cátedras en Bazaars College, Poughkiesie, New York. Tal era su pasión por la enseñanza que estimulaba al conocimiento y la lectura llevando a los muchachos como obsequio todas las series de Babar el elefante y adaptaciones para niños de Shakespeare y Moliere.

“Su llegada era un acontecimiento, algo nuevo nos traía, entretenimientos instructivos que nos hacían pensar, en esa época la novedad eran la canasta, el monopolio, Mister Reed (Clue), instrumentos y canciones como The twelve days of Christmas, para que aprendiéramos el idioma inglés”.

Ena Rosa Henríquez Portuondo y Rodolfo Henríquez Garbayo son los sobrinos de la insigne educadora, escritora, disertante, feminista, crítica literaria que pasó la mayor parte de su vida entre Estados Unidos, México, Cuba, y murió en su ciudad natal, Santo Domingo, el doce de septiembre de 1973. La Habana fue la capital de su mayor estancia. Allí enseñó a múltiples generaciones, ofreció conferencias, fundó escuelas, instituciones culturales y sociales, defendió los derechos de la mujer y mantuvo relación de estrecha amistad con los más sobresalientes intelectuales del mundo. Entre sus íntimos se encontraban Juan Ramón Jiménez y su esposa, Senovia, Gabriela Mistral, Juana de Ibarborou, las distinguidas maestras cubanas Coca, Amalia y Hortensia Lavedan, Rosa Leonor Whitmarsh, destacada literata, el científico matemático Ricardo Colls, todos los editores de libros y jóvenes y adultos que se admiraban de su cultura amplia y aprovechaban la generosidad con que compartía sus experiencias, como Pedrito Sánchez, profesor y pianista, y Néstor Almendros, fotógrafo premiado por su participación en la película La Laguna Azul.

Los dos sobrinos, nacidos en Cuba, hablan de la “Tiaca” con amor y devoción inocultables. Ena, la más locuaz, revela en su conversación versatilidad en los conocimientos que expresa con sorprendentes fluidez y autoridad. Recuerda de su esclarecida pariente desde los hábitos más sencillos hasta la profundidad de su obra extraordinaria, significativa, única.

La ilustre hija de Salomé Ureña y Francisco Henríquez y Carvajal, nacida el nueve de abril de 1894, dedicó su vida a la educación como compromiso, una personal vocación que le reportaba satisfacciones recónditas. “Aprendió a vocalizar para poder hablar correctamente y dar mejor sus conferencias y clases, pronunciaba con claridad, sin ser pedante”. Tocaba piano, dominaba siete idiomas para leer a los autores en su propia lengua.

En llegando a La Habana, se trasladaba a Santiago de Cuba con sus siete sobrinos, a la casa de su hermano Eduardo. Los formaba tanto en lo escolar como en la integridad, la moral, las normas ciudadanas y sociales. “Me decía, te voy a dictar, no le pongas los signos de puntuación sino cuando termines”, recuerda Rodolfo. Ena agrega que a las hembras les enseñaba como vestir, comportase en la mesa y la importancia de ir elegante y bonita a las bodas para estar acorde con la belleza de la novia.

EN LA HABANA

Cuando se trasladó definitivamente a Cuba, en 1959, formó parte del programa educativo de la Universidad de La Habana y sentó cátedra en Literatura Hispanoamericana, de tal forma que la designaron Profesora Emérita. Instalada en el octavo piso de un edificio en Río Mar, se refugiaba en la lectura y en la redacción de sus libros, cátedras, conferencias. La instrucción del pueblo fue su gran preocupación y por eso no abandonó Cuba, donde pensaba regresar cuando se recuperara en el país de una operación de cataratas a la que no sobrevivió.

Allí llevaba una vida frugal, pero realizada, plena. Desayunaba leche, cereales, leía, y los domingos, sin fallar, después de las visitas, encendía su radio para escuchar óperas. “La vi llorar muchas veces oyendo una ópera”, confiesa Ena, odontóloga y profesora universitaria. Junto a Olga Maurino y Coca Lavedan, la “Tiaca” fundó el colegio Ariel, al que integró “los mejores profesores de canto, pintura, matemáticas, lenguaje, todos reconocidos. “Ahí fue que aprendimos a leer y a escribir”, refieren.

Pertenecía al Lyceum Lawn Tennis Club, una sociedad deportiva-cultural donde disertaba magistralmente. Los sobrinos recuerdan la que consideran fue la más brillante, que versaba sobre Federico García Lorca. “Era una delicia oírla, escribía sus notas en tarjetas y hablaba fluente, suave, dulcemente, te iba llevando cautivado al concepto general”, manifiesta Ena.

Rodolfo fue uno de sus mimados. Con él cargado le tomaron fotos a los diez meses de nacido, en 1950, y su álbum infantil conserva tarjetas que le enviaba desde Estados Unidos. “Este caballito Valentín te lleva muchos cariños y un beso de tía Camila”, le escribía. Rodolfo es arquitecto, hijo de Rodolfo Henríquez Lauranzón y Elvira María Garbayo. Ena es hija del matrimonio de don Rodolfo con Ena Portuondo. El padre de ambos era el hermano menor de Camila, hijo de Francisco Henríquez y Carvajal y Natividad Lauranzón (Tivicita).

“La familia era los Henríquez Ureña y los Henríquez Lauranzón, pero Papancho nada más tenía una sola familia, no había división”, aclara Ena evocando con entusiasmo las tertulias dominicales de la familia. “Se reunían tío Max, Enriquillo, Sócrates Nolasco, todos, alrededor del almuerzo. Mi papá se erigió en el Pater Family, y había que oírlos. Pero jamás discutían ni hablaban mal de nadie ni de política fogosa”.

A Camila la recuerdan “alta, erguida sin ser arrogante, muy distinguida, con el cabello recogido en un moño” que después recortó y así se mantuvo. “Era alegre, transmitía seguridad”, añaden. Y también muy humilde. Una vez se disculpó ante sus estudiantes por haber llegado tarde. Es que debió ir a pie de su casa a la Universidad.

Los hermanos salieron de Cuba en 1967 y se radicaron en la República Dominicana. Sabían de Camila por cartas hasta 1973 cuando ella vino a operarse. Admiran su dedicación al trabajo, el cumplimiento del deber, la devoción por la enseñanza, “ese amor por la familia, aunque no se casó, por transmitir la cultura, porque la otra persona se desarrollara por sí misma”.

Todas las conferencias que dictó Camila están grabadas en Cuba. Publicó El Feminismo, Invitación a la lectura, La mujer en el teatro Bernard Shaw, Ideas pedagógicas de Hostos, entre otros. Murió a causa de una complicación al día siguiente de ser operada de cataratas. Sus restos descansan en el país. En su breve paso por Santo Domingo escribió una nota a su prima Flérida de Nolasco agradeciéndole el envío de unos libros: “Como ya está muy avanzada mi ceguera, no puedo leer con rapidez, pero he podido leer ya Clamor de justicia en la Española y te soy deudora de una gratísima impresión. Tengo esperanzas de que puedas leer mi vacilante escritura y que me excusarás por ello”.

Tras la cirugía, apenas pudo pronunciar las que tal vez fueron sus últimas palabras, dirigiéndose a su sobrina: “Rosa, puedo ver mi mano”.

Una calle del Mirador Norte lleva el nombre de la prestigiosa escritora y educadora.

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